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14 Nov

Mujeres barbudas, de María José Galé Moyano

Fotografía de Irene Mala

Fotografía de Irene Mala

 

Atribulada por la confusión en que la están sumiendo el haber recibido la propuesta de matrimonio que le ha hecho un antiguo conocido y la atracción física que siente hacia su criada, Adela Castro confiesa a su sacerdote un profundo secreto, raíz del origen de sus dudas acerca de quién es realmente: «Yo me afeito». «No sé si soy una mujer normal», agrega.

Aunque es una película en la que, entre otros temas, es posible identificar una intención de afirmar al individuo por encima de su identidad sexual o normas de género, dentro del contexto de Mi querida señorita (Jaime de Armiñán, 1972) mediante esa secuencia y la que se muestra la rutina matinal de afeitado de Adela[1], mujer de provincias que se conduce con un mojigato conservadurismo, se comunica con claridad al espectador la tajante oposición que hay entre el cuerpo biológico y las convenciones de género que debe cumplir dados su sexo y clase social: Adela es un hombre porque le crece barba.

Esa es la convención que analiza y confronta María José Galé Moyano en este libro, donde presenta las biografías de setenta mujeres barbudas y critíca la persistencia de una concepción del cuerpo (materialidad «que nos pertenece de forma más íntima e incuestionable») como un ámbito constreñido por un canon, que permite situarlo dentro de lo objetivable y, consecuentemente, lo torna susceptible de ser integrado en los discursos de poder y vulnerable a estos.

El análisis que Galé Moyano, doctora por la Universidad de Zaragoza y cuyo campo prioritario de investigación abarca el feminismo, los cuerpos, la filosofía contemporánea, la literatura y el arte, tiene como propósito esencial ampliar los límites de nuestra mirada al respecto de la multiplicidad de configuraciones corporales y hacer legibles todas aquellas posibilidades de vida distintas a las categorizadas como normales. El discurso que presenta es de reivindicación de una lucha política y social que tienda a hacer una« lectura crítica de la interpretación de lo humano» y atienda a esos espacios minoritarios, márgenes, en los que «se articula una capacidad crítica importante».

Su tesis se apoya principalmente en las propuestas de la filósofa Judith Butler respecto a la materialidad y performatividad del género, ligada a su vez al concepto de ‘ideal regulatorio’ foucaltiano, que plantea que el cuerpo se materializa en virtud a la reiteración de una serie de normas reguladoras. Como Butler pone de manifiesto, este hecho es evidencia de la fragilidad inherente a esas normas, ya que dicha fuerza reguladora «puede volverse contra sí misma y producir rearticulaciones que pongan en tela de juicio la fuerza hegemónica de esas mismas leyes reguladoras».[2]

Insiste en la observación de Butler, quien expone la complejidad inherente a la naturaleza psíquica del sexo («mucho más compleja e inescrutable de lo que el yo que la habita puede siquiera imaginar»), y reivindica su afirmación de la necesidad de invertir la matriz de lectura de lo corporal, a fin de que albergue dentro de lo vivible a todos los cuerpos y no sólo a aquellos que, con un menor o mayor grado de violencia, sean capaces de adaptarse a la matriz heterosexual normativa y a la división binaria de sexos y géneros.

barba-vulgar[Set de intervención para la acción Barba Vulgar de Irene Mala]

En la primera parte del texto introductorio que desarrolla, ‘Cuerpos fronterizos: la zona gris’, es particularmente denso y toma su título de la expresión utilizada por Laura Bulgalho en la conferencia, ‘Transfeminismo lésbico’.[3] Con ‘zona gris’, Bulgalho aludía a «aquella parte del rostro donde, a pesar de la posibilidad de desarrollar técnicas de depilación, de utilizar toda una serie de elementos relativos a las tecnologías de género, continúa permaneciendo una huella, un rastro, que evidencia en alguna medida la dificultad de performar un género que en cualquier circunstancia puede ser leído y comprendido sin fisuras».

La extensión y profundidad de este capítulo refleja la voluntad de Galé Moyano por establecer para el lector con el mayor detalle y rigor el contexto teórico-ideológico dentro del cual se integra su investigación, haciendo advertir la complejidad de factores que deben ser contemplados en la reflexión acerca de las ideas de cuerpo, sexo y género —a la vez que reitera infatigablemente la necesidad de una revisión crítica de las convenciones establecidas.

Galé Moyano examina aquí cómo el paso del modelo anatómico propuesto por Galeno en el siglo II d.C., según el cual, existe un único sexo, señalando una misma identidad estructural de los órganos reproductores y tomando al masculino como referente de perfección (las mujeres serían esencialmente hombres e los cuales una falta de calor vital se había traducido en la retención en el interior de las estructuras visibles en el hombre). Este modelo perduraría hasta finales del siglo XVIII, cuando surge uno de divergencia biológica que constituiría el fundamento epistemológico según el que pasarían a basarse las afirmaciones normativas sobre el orden social. La afirmación del médico francés Achille Chereau en 1844 de que «sólo por el ovario la mujer es lo que es», destacada por Galé Moyano, refleja con claridad el reduccionismo fundado en lo biológico que confinaría a la mujer a una función primordialmente reproductiva, que invalidaba sus posibilidades de igualdad en un plano político. Esta relegación sería reforzada por teorizaciones sobre el ciclo menstrual (que se mantendrían vigentes desde mediados del siglo XIX hasta comienzos del XX) e investigaciones sobre la histeria, tesis que sujetaban a las mujeres a sus órganos reproductores y las interpretaban como «inestables, inconmensurables, desbordantes».

La autora plantea que el género es un factor cuya definición trasciende la limitadora objetividad científica, que decide el sexo y las normativas a las que debe adecuarse en función de su configuración anatómica. No obstante, éste ha devenido medio « medio discursivo/cultural mediante el cual la ‘naturaleza sexuada’ o un ‘sexo natural’ se produce y establece como prediscursivo […]» y, como señala Butler, una concepción normativa del género puede socavar la capacidad de la persona para continuar habitando una vida llevadera, hacer que la vida prospere y persista.

Las convenciones de género quedan en entredicho con un vistazo desde lo antropológico. La autora habla aquí de dos claros ejemplos de reconocimiento de un tercer género entre los guevedoche dominicanos y los kwolu-aatmwol de Nueva Guinea (pág.36), Ejemplos adicionales a sumar que podrían sumarse a estos son los hijras en la India, los fa’afafine de Samoa, las yimpinnini (también llamadas Sistergirls) de las Islas Tiwi, las virgjeneshtë de Albania…

1479134725961569-1[Fotogramas de la intervención “Barba vulgar” de Irene Mala]

En la segunda parte de su análisis, ‘Cuerpos fronterizos’, Galé Moyano cita los textos de la activista, poeta y escritora chicana Gloria Anzaldúa y su idea de la frontera como espacio de hibridación de identidades, un lugar difuso y de límites turbios que obliga a que núcleo y frontera estén obligados a posicionarse y reproducirse una y otra vez. Un ámbito de confluencia que produce una normatividad alterada, concepto para abordar la noción de lo queer que es el que constituye el eje de esta sección de su exposición, y de cómo este término es la fuerza productiva de «una categoría que, arrebatada a los discursos imperantes en torno al género, al sexo y la sexualidad, nos dota de la capacidad de revisión de la representatividad, de las políticas de exclusión, (…) Pero todo ello siempre como sujetos no soberanos, (…) con una agencia que en nada puede alcanzar la certeza y la seguridad de que las consecuencias de nuestras palabras y acciones sean aquellas que previamente deseamos» . Un argumento que apoya la necesidad de afirmar el discurso y comprensión del género como un ámbito constantemente fluido y mutable, abierto,

Es crucial el uso del término inteligibilidad / ámbito de ininteligiblidad para este ensayo, ya que expone en todo momento la necesidad de imponer un contexto a estas personas a fin de ajustar sin perturbaciones su presencia dentro de un entramado social y cultural definido por unas ortodoxias de género. Las alteraciones, los «agravios», colocan a ciertos cuerpos en las ontologías accesibles, de los esquemas de inteligibilidad disponibles.

En este punto es en el que se ubica la figura de la mujer barbuda, y se es escogido por María José Galé Moyano como eje para su análisis por tratarse de «un cuerpo que de manera instantánea interpela a quien lo observa, haciendo tambalearse las convicciones en cuanto a las fronteras establecidas de género».

Desde este punto de vista, el hirsutismo se afirma como una de las posibles manifestaciones biológicas de la configuración humana, y no un elemento intrínsecamente definitorio de la identidad sexual. Es seguramente por esta determinación a no explorar desde la dimensión de alteración, potencialmente justificable como ‘patología’, y que sería absolutamente incoherente con la posición ideológica expuesta al inicio del libro, por lo que la autora no pormenoriza sobre las razones médicas que pueden dar lugar al crecimiento de vello facial (niveles hormonales, ovarios poliquísticos, etcétera, aunque posteriormente mencione la hipertricosis como causa del crecimiento de vello corporal en algunos de las biografías que recoge).

Galé Moyano refiere el estudio de Pilar Pedraza Venus barbuda y el eslabón perdido (2009) en la introducción del segmento dedicado a recoger diversos casos de mujeres barbudas a lo largo de la historia, destacando como ejemplos más arcaicos los de un presunto culto a una Venus calva y a una Venus barbuda en Chipre y la faraona Hatshepsut (gobernante entre 1490-1468 a.C.). Prosigue con ejemplos recogidos en escritos del siglo XV y diversos mirabilia, profundizando a continuación en las crónicas sobre santas barbadas, como Santa Wilgefortis y Santa Paula de Ávila (cuyas barbas, al afearlas, protegieron su virginidad), o bien cuyo cuerpo estaba cubierto por una melena frondosa que les otorgaría un aspecto asalvajado, como María Magdalena o María Egipcíaca.

Quizá puede echarse de menos como complemento a este inicio una reflexión en torno a la dimensión simbólica de la barba, brevemente apuntada al citar a Hatshepsut (mencionando éste como un atributo de poder político). Como nos informa Galé Moyano, las imágenes de Santa Wilgefortis fueron condenadas por la Iglesia como una representación grotesca del Cristo crucificado; no obstante, la perspectiva provocadora y estimulante que estudios como The Sexuality of Christ in Renaissance Art and Modern Oblivion de Leo Steinberg (1983), incita a llamar la atención en torno a la iconología e implicaciones teológicas en torno a la androginia (como reflejo de la hibridación entre lo humano y espiritual) que estas representaciones consideradas sacrílegas podían albergar. De igual manera, otro símbolo que puede acudir a la mente del lector es el del personaje de Barba Azul como encarnador de una masculinidad terrible y destructiva, y cuya barba « lo hacía feo tan feo y terrible, que no había mujer ni joven que no huyera de él»[4] puede leerse aquí como la concepción de la barba como un símbolo establecido como antagónico de lo femenino.

El subsiguiente repaso que la autora efectúa sobre los retratos de mujeres barbudas en el arte durante los periodos renacentista y barroco, supone un primer acercamiento a la existencia documentada de estas personas y de sus circunstancias que, como todos aquellos individuos con singularidades físicas, se veían sujetos a la «exhibición, el espectáculo, el coleccionismo y por otro la interpretación jocosa, el acercamiento burlesco», lo que prefiguraría la confinación de éstas en los siglos posteriores al circo y a los espectáculos de feria y a una investigación médica obstinada en racionalizar la naturaleza biológica femenina de estas mujeres.

Dentro de este tramo cronológico, es mediante los exámenes efectuados por Galé Moyano recogiendo las aportaciones de otros estudios críticos, sobre el personaje de la dueña Dolorida, que aparece en la segunda parte de El Quijote, y el retrato de Magdalena Ventura, pintado por José de Ribera, donde se plantea la existencia en aquel tiempo de una mirada más compleja en torno a la identidad y el género y la percepción de éstos.

estampita

[“Variación sobre el tema de Wilgeforte para una estampita de la Santa” de Irene Mala]

El grueso de biografías recogidas por la autora corresponde a mujeres barbudas célebres a lo largo del siglo XIX (extendiéndose el lapso vital de algunas de ellas hasta el XX). Cabe destacar el exhaustivo trabajo de búsqueda de referencias y documentación al respecto de cada una de ellas, aún más meritorio por cuanto gran parte de la información compilada procede de internet y de fuentes cuya fiabilidad puede ser más o menos cuestionable, que confunden o no contrastan datos que, originalmente, ya podían haber sido interesadamente tergiversados con fines publicitarios. La dispersión de los documentos originales que puedan conservarse (incluyendo documentos médicos), y la falta de datos sobre su ubicación actual dificulta sin duda la posibilidad de estudios más exhaustivos. Galé Moyano desbroza en todo momento la información con cuidado para entregarla al lector bajo una forma y tono rigurosos, dando a entender a la vez cómo la propia precariedad de las fuentes documentales disponibles es un signo elocuente respecto al alejamiento de lo hegemónico de la figura de la mujer barbuda.

Respecto a periodo, se comprueba cómo el ámbito de inteligibilidad para las mujeres barbudas se restringió casi en exclusiva al de los espectáculos de variedades. Como plantea el peculiar caso de Clémentine Delait, que regentó un negocio familiar que adquiriría notoriedad precisamente por la barba que ella decidió orgullosamente dejarse crecer tras haber visitado un circo de fenómenos, y que tras enviudar en 1928 escogió exhibirse por diferentes ciudades europeas, este espacio de inteligibilidad, aún en la cosificación que suponía, ofreció a algunas de estas mujeres la oportunidad de una experiencia vital enriquecedora, que las cultivó personal e intelectualmente. No obstante, eso no impidió que muchas de ellas se vieran sometidas a la ambición de sus representantes por el ingente beneficio económico que podían aportarles (valgan como ejemplos el intento de secuestro que sufrió Annie Jones (ca.1860-1902), en uno de los episodios por un frenólogo que aseguraba ser su padre; o los de Krao Farini, cuyo representante se convirtió también en su padre adoptivo y Julia Pastrana, cuyo esposo y manager, se lucró con ella incluso tras su muerte y se apresuraría a contraer nuevo matrimonio con otra mujer barbuda, Marie Bartel, presentándola como hermana de la difunta Julia.)

Los fragmentos de estudios médicos y artículos de prensa o contenidos en libros relativos a los casos particulares que Galé Moyano selecciona coinciden en el esfuerzo por desmontar la noción de virilidad asociada a la presencia de la barba mediante el énfasis en la feminidad biológica de estas mujeres (la incontestable regularidad de la menstruación, la normalidad de su capacidad reproductiva) así como en la atribución a estas mejores de las cualidades ortodoxas de la feminidad respetable (amantes esposas y madres, de dulce carácter, hacendosas, de silueta delicada y elegantes en el vestir, cultas y refinadas…). Desafortunadamente, no parece disponerse de fuentes que recogieran las voces y pensamientos de estas mujeres en primera persona a fin de poder comparar estos discursos científicos y comerciales y sus vicisitudes reales. El material que nos brinda la autora sobre estos casos datados a lo largo del siglo XIX permite intuir casos en los que estas mujeres tuvieron una vida aparentemente feliz, esencialmente en aquellas que procedían de o alcanzaron un estatus más o menos privilegiado; no obstante, hallamos otros en los que la penosa situación socio-económica de la mujer, sumada a causas como enfermedades psiquiátricas (llama la atención que en algunos casos el motivo sea lo que actualmente se diagnostica como depresión post-parto), incrementaría el estigma y prejuicio despertado por la presencia de la barba en estas mujeres que acabaron confinadas en cárceles o manicomios.

Dos particulares casos situados en el siglo XX, el de Jane Barnell/Olga Roderick (nacida en 1871 y de la que se desconoce la fecha de fallecimiento) y el Percilla Bejano (fallecida en 2001), pueden leerse como una especie de síntesis sobre la vida de las mujeres barbudas en ese mundo decimonónico, donde los espectáculos de fenómenos eran un éxito, y puente de transición hacia la actualidad. La primera intervino en la película Freaks de Tod Browning (1931) y fue una mujer de personalidad compleja y claras convicciones ideológicas, consciente de cómo no sólo su barba sino también el hecho de descender de una herencia india americana y rusa la situaba en una frontera que cuestionaba su identidad de ‘mujer blanca’. Su caso es particularmente significativo por encarnar con autenticidad el complejo conflicto entre reivindicación política de identidad, al margen de las convenciones sociales ortodoxas, y su carácter de figura-producto en la industria del espectáculo. Por su parte, la vida de Percilla Bejano puede leerse como un ejemplo de afirmación de su condición individual e, incluso, de liberación de las restricciones para su inteligibilidad impuestas por esa industria del entretenimiento de la que ella fue sujeto.

En la actualidad, la figura de la mujer barbuda se reformula en diferentes aproximaciones, planteando en cada una de ellas una reformulación de las convenciones ortodoxas de identidad sexual y género. Para algunas de estas mujeres, como Jennifer Miller, Little Bear Schwarz y Jessa Olmstead, el espacio del show supone un ámbito de performatividad queer desde el que proclaman una confrontación con la norma.

Ligando su identidad a la de la mujer barbuda exhibida en ferias y circos en el siglo XIX, la alemana Mariam, cuya barba comenzó a crecer después de que diera a luz a su primer hijo, investiga y difunde en torno a la historia y presente de las mujeres barbudas planteando su exhibición, con un camerino construido al estilo de las antiguas barracas de feria y una actividad prolífica en las redes sociales, reivindicando la libertad de decidir sobre el propio yo más allá de las imposiciones. Como ella, otras mujeres como Siobhan Fletcher o Annalisa Hackleman reivindican su barba como un elemento intrínseco a su cuerpo y la feminidad, escogiendo no someterlo a las tecnologías de eliminación del vello (un proceso no siempre cómodo ni que garantice el efecto perseguido y que, como algunas de estas mujeres plantea, merma su autoestima).

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[“Mujer barbuda” de Irene Mala]

Galé Moyano no descuida la mención a casos de mujeres procedentes de otros ámbitos culturales, aunque la brevedad de la información aportada y el hecho de que ésta proceda del ámbito de la prensa sensacionalista son un signo de la persistencia de un tratamiento aún arraigado en atavismos respecto a la mujer barbuda, confinando a ese espacio de inteligibilidad del freak su existencia.

Supone un interesante puente para el análisis entre los conceptos de género hegemónicos en culturas no occidentales y los occidentales la figura de Harmaan Kaur, una joven británica que al adoptar la religión sikh dejó crecer su barba y gradualmente desarrolló una mayor aceptación de ésta, por infundirle un intenso sentimiento de identidad y libertad. Aun de acuerdo con Galé Moyano en su opinión en torno al perfil de Harmaan, destacándola como una persona que ha escogido la decisión inevitablemente política, de hacer que su cuerpo sea visibilizado, comprendido, valorado, deseado», la emergente carrera como modelo de ésta incita a la reflexión acerca de la actual industria de la moda y cuestionar si esa visibilidad que revistas y pasarelas están dando a individuos que transgreden ortodoxias suponen la afirmación de un espacio de inteligibilidad positivo o si, por el contrario, se está produciendo un uso mercantilista de la diferencia y de la disolución de las convenciones de género, que enmascara tras la aparente voluntad de transgredir los dictámenes del sistema un apuntalamiento de las estructuras y jerarquías tradicionales de éste. Discernir si la «supuesta superficialidad de la moda se convierte en un producto de protesta: una forma de declaración, concepto o contemplación»[5] o se trata de una glamourización oportuna y calculadamente construida para ser consumida como subversión transitoria (y, en este sentido, prolongadora de ese efecto de «atracción irresistible hacia lo excepcional» que despertaba el fenómeno exhibido en un circo o espectáculo de feria).

En su capítulo final, como conclusión-epílogo, Galé Moyano recalca una vez más la necesidad de ámbitos de resistencia, «ámbitos vivos de subversión», necesarios para «desvelar el artificio de lo canónico» y la «violencia constrictiva» con que la norma es impuesta por quienquiera que se haya autoerigido como garante de esa norma canónica. El objetivo es que cualquier configuración corporal sea comprendida como normal, de suerte que cada vida, como plantea Butler, sea capaz de ser plenamente vivida.

La claridad con que la autora transmite ese mensaje radica no sólo en la minuciosidad con que sintetiza las aproximaciones teóricas al tema del cuerpo y el género, sino también por la palpable sensibilidad que subyace en su tratamiento de cada una de las setenta mujeres biografiadas en este libro, haciendo que el lector tenga presente en todo momento la dimensión humana de éstas y enjuicie las convenciones que las sometieron a esas circunstancias. Galé Moyano hace comprender la necesidad tanto de una abolición de pre-establecimientos en la sociedad que permita la realización en plenitud e igualdad de la vida de cualquier persona, sean cuales sean las circunstancias y expresiones de individuación que escoja, como la existencia de un territorio queer de subversión, que siga tensando los límites y evitando la afirmación de normatividades. Esto hace que Mujeres barbudas. Cuerpos singulares sea, además de un interesante libro de análisis y divulgación, una honesta interpelación en pro de individuos y sociedades críticos y conscientemente auto-liberados de ignorancias y dogmatismos caducos y destructivos, que ataquen o repriman cualquier dimensión de una persona.

[1] Un ejemplo presente en la filmografía española sobre el tema de la mujer barbuda y el cuestionamiento a las convenciones de género es la película dirigida por José María Forqué Una pareja…distinta (1974). Aunque imperfecta y quizá fallida, articula una fuerte crítica hacia una sociedad que marginaliza y usa para sus depravaciones a personas que, como los personajes de la mujer barbuda (que acaba de dar a luz a una hija) y el transformista, interpretados por Lina Morgan y José Luís López Vázquez, no se ajustan a las ortodoxias de normalidad.

[2] Judith Butler, Cuerpos que importan, Barcelona: Paidós, 2002, pág. 18.

[3] Pronunciada dentro del marco de unas jornadas organizadas por la Universidad de Zaragoza en 2012

[4] Charles Perrault, Cuentos de antaño, Madrid: Laurin, 2016, pág. 117.

[5] Nathalie Kahn, «Catwalk politics» en S. Bruzzi y P. Church Gibson, Fashion Cultures. Theories, Explorations and Analysis, Londres: Routledge, 2000, pág. 117.

Alicia Guerrero Yeste

Estudió Historia del Arte. Su labor profesional se ha centrado en el ámbito de la arquitectura, pero su interés fundamental está en esos espacios que Gaston Bachelard denominó 'la inmensidad íntima'.

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