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27 Dic

Nefando, de Mónica Ojeda

monica ojeda 2

nefandoEste libro me llamó la atención cuando me enteré de que abordaba el tema de los videojuegos y de Internet. Las fuentes diversas que me hablaron de él alabaron la variedad y riqueza estilística en una autora tan joven como Mónica Ojeda (Guayaquil, Ecuador, 1988). En este sentido, Nefando no me ha defraudado. Sin pretender revelar la trama (pues se comprende que hay elementos que expresamente los narradores revelan poco a poco), diré que Nefando es una novela construida a modo de rompecabezas a partir de diferentes voces. Un primer rasgo que destaca es la variedad de usos lingüísticos que domina la escritora. La acción tiene lugar en Barcelona. El lector percibe ya en los primeros bloques que cada voz está definida con un aparato temático y estilístico propio, donde se oscila entre un castellano propiamente peninsular y otras variedades latinas. En general, tras leer Nefando, me ha quedado claro que Mónica es el tipo de escritora que Antonio Lobo Antunes definiría como «minera». En casi todas las elecciones técnicas que afronta, en mi opinión, suele escoger el camino más difícil. A mí eso me gusta, prefiero un escritor que asume riesgos a un lánguido tostón. O como decía Eliot, «for us there’s only the trying».

La estructura fragmentaria no solo ofrece variantes en primera persona, sino que incluye recursos como la entrevista, un relato dentro del propio relato, y sutiles cruces entre los personajes, seis compañeros de piso. Aunque existe una trama central, en muchas ocasiones se toman caminos laterales o se hacen pausas en otras direcciones. En este sentido, una estructura postmoderna. Un planteamiento de esta naturaleza suele presentar dos problemas: el problema de los enlaces y el problema de la profundidad de las tramas secundarias. El problema de los enlaces tiene que ver con cómo el lector llena el vacío que existe entre los bloques o capítulos, donde en otra forma narrativa tal vez habría un pasaje de empalme. La falta de pasajes de empalme resalta lo esquelético de las tramas secundarias, por eso resulta importante prestar especial atención al detalle. Ambos peligros (supongo que hay otros), se solventan bien, sobre todo el primero. No es lo mismo leer una buena novela fragmentada que un simple esqueleto. En cuanto al segundo peligro, mi impresión es que un poco más de extensión y profundidad en algunas tramas secundarias hubiese redondeado una estructura que, en todo caso, ya se sostiene.

Si nos fijamos con más atención en los detalles, resaltaría por encima de todo una nueva vocación por el riesgo a la hora de manejar el lenguaje lírico. Que quede claro que soy un lector de poesía diletante, de modo que sólo puedo moverme en este terreno según impresiones imperfectas. Encontré en las apreciaciones de naturaleza metafórica, comparativa, etc. de la novela, tantos pasajes dignos del incisivo subrayado, como toscos lugares comunes. Puede parecer un comentario duro, pero yo diría que es positivo. Tampoco leo mucha literatura contemporánea, pero sí sigo lo más destacado, y pocas veces se encuentran en este idioma (y país) escritores que asuman riesgos y se distancien de narradores, formas, temas y construcciones convencionales. Recuerdo que cuando leía la primera novela de Le Clézio, premio Nobel, no me importó en absoluto que fuera excesiva. Entre todos los intentos fallidos había en ella también grandes hallazgos: en este sentido, Mónica es una escritora «minera». Los mejores pasajes con intención lírica son realmente buenos, sobre todo cuando se acercan al ámbito de lo sexual o lo pasional. Las asperezas yo las asociaría a la fuerza febril que parece desprenderse del estilo. El ardor de la juventud, quizá. Todo esto son especulaciones.

En referencia al tema del videojuego, no quiero revelar su contenido, pero tiene más apariencia de película interactiva que de videojuego. Predomina el tema de Internet y la deep web, así como un tema central que une a los diversos personajes en torno al cetro de lo sexual (no quiero decir expresamente de qué se trata pues también se va descubriendo). Es también un paso arriesgado acercarse al mundo de Internet y, de refilón, de los videojuegos. En cuanto a los videojuegos, no hay en verdad un acercamiento real, pues el tema central es otro. Pero en referencia a Internet, ese espacio sí tiene una presencia notable en las vidas de los personajes. De acuerdo con mi experiencia, introducir el elemento de Internet (que en cierta medida se parece a introducir un nuevo espacio dentro del propio espacio) presenta múltiples dificultades técnicas para el escritor. De alguna forma, hay que saber moverse entre la dualidad dentro-fuera y formar esos tránsitos de manera armónica para el lector. Mi experiencia me dice que lograrlo es más difícil de lo que parece. Aquí funciona. Eso sí, el acercamiento a Internet se produce por la vía de «la parte oscura»: hackers, deep web, etc., de modo que hay un componente críptico e inasible en lo que se presenta, y varios pasajes se ven favorecidos por un aire de extrañeza y fantasía (aunque las referencias puedan ser totalmente reales, estos submundos siguen siendo desconocidos para el gran público, créanme). Me ha gustado que se mantuviera en ese nivel de lo incierto, de la alcachofa que se va pelando con el objetivo de descubrir su centro. El mantener una modulación funcional del misterio en un texto de estas características me parece un logro técnico.

Casi todo lo que le reprocharía a Nefando es el hecho de no haber sido una novela todavía más ambiciosa. Aunque ofrece una estructura cerrada, se queda corta en los pasos intermedios. Se abren caminos (por ejemplo, una breve trama con una cuestión callejera que parece algo anecdótica) que podrían haber dado un volumen que ejerciera un efecto de cohesión mayor. En la página 40 me llamó la atención la inclusión de un pedazo de código, diría que en lenguaje C#. El código de programación de un videojuego (o de un programa) es un lenguaje, y como tal puede atribuírsele una estética. Hubiese estado bien profundizar en ese aspecto, pues el fragmento insertado es básicamente la disposición de las variables de la función, nada más que un índice con apariencia complicada para quien no ha leído nunca código. Aun así, comparto plenamente el interés por estas variantes de la expresión y por la representación literaria del «mundo de Internet». También tengo interés en los videojuegos pero no en el mismo sentido que se busca en Nefando. Aquí hay una inclinación por examinar los turbios mundos de la web profunda, donde se trafica con toda clase de contenidos explícitos perseguidos por la ley. Al mismo tiempo, el relato incluido dentro de la novela, escrito por una de las narradoras, gira en torno al tema de lo sexual, motivo que volvemos a ver bajo el estandarte de lo mitológico en otra de las voces. La coherencia temática y el estilo vigoroso, así como unas voces variadas y detalladamente personalizadas conducen al lector a un contundente final. Pero no es en el terreno de lo general donde Nefando destaca más, sino en el detalle, en los giros de estilo, las incursiones líricas, los pasajes de literatura de ideas (interesantes reflexiones, muy próximas a nuestro tiempo). Candaya sigue, con la incorporación de Mónica Ojeda a su catálogo, acumulando narradores jóvenes con talento y, lo más importante, personalidad o claros indicios de ella. Más que novelas buenas o malas, me interesa ahora mismo leer novelas que sean vehículos de la expresión personal de quien las escribe. Hay pocas, y Candaya es una editorial que me las ha proporcionado siempre que me he acercado a ella. Existe demasiada homogeneización y, al contrario de lo que suele pensarse, la homogeneización es confusa.

Puedes leer más textos de Víctor Balcells Matas en su página web.

Victor Balcells Matas

Licenciado en Humanidades y Comunicación Audiovisual por la Universidad de Salamanca. Autor del libro de relatos Yo mataré monstruos por ti (Delirio, 2010) y de la novela Hijos Apócrifos (Alfabia, 2013), premiada con el Talento Fnac y finalista del Le Festival du premier roman de Chambéry 2013. Ha trabajado como editor, crítico literario, vigilante de seguridad, operador del metro, copista y malaxador de cosas. Al principio de su existencia, estuvo contenido en un huevo.

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