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23 Dic

Piel de lobo, de Lara Moreno

Lara Moreno

Fotografía de portada: Página 2 (TVE).

_pieldeloboportada_0eaacee4Dos hermanas, el rumor del oleaje y un antiguo secreto familiar: Piel de lobo es un haiku cuya potencia no deja indiferente a nadie tras llegar a su final. Su autora, Lara Moreno, nos conduce a modo de psicopompo (los «guías de las almas» en la Antigua Grecia hacia el Más Allá) por un laberinto opresivo en el que la realidad, y con ella sus salidas de emergencia, es tan diáfana que se vuelve invisible para sus protagonistas. Perdidas, así, no en una neblina, sino en esas verdades que calificó Foster Wallace en Esto es agua como «las que más cuestan de ver y las que más cuestan de explicar», la narración intenta dar cuenta de todo un universo emocional que con cada página se vuelve más distante, tortuoso y lacerante. Por decirlo de otra manera, la novela cumple letra por letra aquella frase que exclamó un André Breton consternado, a la par que fascinado, al observar por primera vez la desgarrada profundidad pictórica de Frida Kahlo: «Un lazo alrededor de una bomba». Belleza y terribilidad se van engarzando de tal manera que abocan, de una u otra manera, a Rita y a Sofía a realizar un acto de fe, un peligroso ejercicio de equilibrio mortal en el que, al fondo, se encuentran los cristales rotos de todo su pasado, de todo lo que han sido hasta ese preciso momento, dentro de esa inevitabilidad de la que hablaba William Carlos Williams en Viaje al amor: «Justo porque lo natural es que las zarzas / desgarren la piel / he procedido / a atravesarlas. / Evita las zarzas / te dicen. / No se vive / evitando / las zarzas».

Leída de esta manera, la novela funciona como un mecanismo que pone a prueba nuestros estándares, al igual que nuestros modos de pensar y sentir, para confrontarlos con la mera supervivencia, con la «distancia de rescate», aludiendo a uno de los títulos de Samantha Schweblin que Moreno también cita en la novela. Dentro de esa separación, las distintas amenazas van impregnando un contexto de cierta desazón en el que la derrota se siente antes de que ocurra: «Es una especie de combate; consigo misma, con Leo, con las telarañas que le recubren los ojos, a veces la boca». En ese sentido, gran parte de los entresijos de Piel de lobo se centran en cómo afronta Sofía, la mayor y más débil de las dos hermanas, la relación con su hijo Leo o, más bien, en cómo ella se sujeta a él mientras todo se desmorona. Si la realidad es, como decíamos, invisible, en estas ocasiones nos encontramos con un juego de espejos deformantes en los que afloran los miedos más profundos y el temor a que cualquier mínimo roce provoque un efecto dominó. Sofía se aferra al control («Ya el mundo es previsible de nuevo»), y de esa obsesión, de esa preocupación por cualquier detalle mínimo, que recuerda mucho al ambiente bernhardiano de El malogrado o Corrección, surge todo un abanico de temas sociales verdaderamente críticos que nos hacen reflexionar sobre la maternidad, las relaciones de pareja o la dificultad de sobrellevar la vida, como un Atlas, cuando una vida llena de inexperiencia depende de ti, cuando quieres darle todo lo mejor, pero, por desgracia, no puedes.

Dichos temas se complementan con dos referencias fundamentales, poco citadas por la crítica para su relevancia literaria, dentro de la novela: Confesiones, de la poeta rusa Marina Tsvietáieva, que cuenta el peculiar destino de dos de sus hijas, y Decreación, de la poeta canadiense Anne Carson, quien con sus juegos poéticos va dando cuenta de su visión sobre el papel de la madre y el drama. Desde este punto de vista, Moreno recoge estas y otras corrientes poéticas para imprimir en su novela un estilo fluido, elevado y cotidiano a la vez, en el que las transiciones entre los distintos instantes quedan eludidas, como sucede en los mejores poemas. Cada capítulo comienza con una imagen que paulatinamente da cuenta de una escena concreta, siempre vista desde la óptica de sus protagonistas: no vemos una realidad «neutra», sino los sentimientos que rebotan, y estallan, en el interior de cada una. A veces, como resultado, el lenguaje se vuelve mínimo, se repliega, no desea decir más, algo muy recurrente en la poesía hispanoamericana de Vilariño o Varela, a lo que la escritora sevillana alude en múltiples ocasiones: «Qué desea uno, de verdad qué desea, ahora, en este momento, limpiamente, sin la carga adicional de las circunstancias».

Y, con todo esto, si algo queda demostrado es que, a pesar de querer salir desesperadamente, tanto Rita como Sofía son dos «monstruos que aman su laberinto», tomando el título de los diarios de Charles Simic. Anulada, en cierta manera, la posibilidad de llevar una «vida normal» (dependiendo también de nuestra concepción de «normalidad», algo que la novela también pone a prueba), el lenguaje se resquebraja en el territorio de lo familiar en búsqueda de un hogar en ruinas deteriorado por la insistencia, hasta roer el hueso de la conciencia, en la naturalización del dolor. La violencia, que aparece bajo muchos nombres y dinámicas, instaura una delicadeza mortal a lo largo de la narración, comparable, aparte de algunas de las referencias apuntadas, a grupos de música como Anathema con canciones como “Untouchable” o “The Lost Song” (con aparición estelar de “Hurt”, de Nine Inch Nails). En esta línea, Moreno, atrapándonos dentro de la perspectiva de las dos hermanas, nos confronta, nos ataca más bien, con otra de las grandes incongruencias de nuestros tiempos: la frialdad con la que afrontamos toda esa violencia de los medios de comunicación, todas esas historias de nuestros conocidos que, al no rozarnos siquiera, nos parecen cuentos excepcionales de una historia alterna a la vida: «Las cosas pasan, les pasan a otros, hasta que de pronto un día le pasan a uno y zas, somos espectadores del drama ajeno hasta que somos protagonistas de nuestro propio drama, de nuestra pobreza, de la más profunda debilidad, y resulta que es así, así como el de otros, exactamente igual de terrible».

Por último, Piel de lobo debe también su profundidad a la ausencia de marcadores político-sociales en los personajes (más allá de unos simples esbozos), hecho que introduce unos matices universales en cada uno de sus actos. Como si de una Odisea se tratara, Sofía, patrones y telas en mano, espera la llegada de un «acontecimiento» que nunca termina de producirse del todo. El viaje, que ha estado plagado de discusiones, caídas en picado y breves rayos de esperanza, tiene su particular final implosivo en la última frase, a la que están supeditadas todas las demás, que revela a Lara Moreno como una de nuestras grandes novelistas.

«Por qué no tomar el camino más corto a casa. / No había un camino más corto a casa» (Anne Carson, Hombres en sus horas libres).

Héctor Tarancón Royo

Graduado en Historia del Arte, máster en Filosofía Contemporánea y especialista en Gestión y Economía de la Cultura por la Universidad de Murcia. Ha fundado la asociación cultural AHARMUR y forma parte del comité de redacción de Tebeosfera. Colabora puntualmente en medios como Culturamas, Détour, El Coloquio de los Perros, La Opinión de Murcia o Revista de Letras. Ha sido antólogo en 2/2, antología poética de Juan Andrés García Román, y ha escrito para exposiciones de arte contemporáneo. Su línea de investigación explora las relaciones entre el arte contemporáneo, la literatura, la identidad y la cultura de masas.

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