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27 Mar

Quisiera que oyeran la canción que escucho cuando escribo esto, de Manuela Espinal

manuela espinal I

quisiera que oyeran la canción que escucho cuando escribo estoLlevaba semanas esperando el ejemplar de Quisiera que oyeran la canción que escucho cuando escribo esto (Angosta, 2016). Lo miraba de reojo en las librerías, y solo esperaba ansiosa el momento de llegar a casa y de que el portero me dijera que había un paquete para mí. Cuando el día llegó y tuve el libro en mis manos, no pude dejar de sentir que también la portada del libro me transportaba al mundo de la música. Unos trazos que me recordaban a los acordes de la guitarra envolvían por completo el manuscrito de Solano, que además de manifestarnos que su obra brota de la música como un manantial de agua fresca (como lo aclara su título), también nos muestra que con su libro ella busca hacer música a su forma; música que se toca en cada página y en cada letra, música que se vive y se interpreta en los acordes pintados de cada lado de la portada.

Si me preguntaran de qué trata el libro de Manuela Espinal se podrían responder muchas cosas. La autora, que cuenta apenas con 18 años de edad, hace sentir su juventud en cada hoja que pasamos de su manuscrito, y no me refiero a la juventud como inexperticia en su campo, o como falta de madurez literaria, que para su corta edad, Espinal tiene mucha. Me refiero al ímpetu, a la voluntad propia, que se derrama sobre cada recuerdo personal que la joven autora comparte a través de sus páginas. Manuela Espinal, en Quisiera que oyeran la canción que escucho cuando escribo esto, además de llenar su novela de recursos autobiográficos, utiliza el poder del recuerdo para hablarnos sobre la herencia, y sobre cómo el joven corazón de la protagonista de su libro (así como ella misma), encuentra la forma de decir «NO».

En cada página del escrito hay un camino que conduce a la protagonista hacia esa suerte de rebeldía juvenil, que se encarga de romper con el pasado y con la herencia familiar no sin antes honrarlas a través de esta novela, que tejida y labrada con notas musicales, imprime la historia de una joven chica que decide rechazar un don para cumplir un sueño.

Espejos autobiográficos

Manuela Espinal es descendiente directa de una familia de músicos. Su madre, su abuela y sus tíos siguieron la carrera musical, y ella, desde pequeña, también ha amado la música, pero no con todas las aristas que implica, no con la algarabía inmensa de la fama, sino desde el sentir profundo, desde el gusto por cantar, por oír, por sentir. Su obra, sin ser directamente una autobiografía, recoge la experiencia de la música vivida por una madre que lucha por hacer una carrera como cantante llevando a sus dos hijas por doquier. Las pequeñas son testigos de los sufrimientos obligados de la carrera artística de su mamá, que desde los ojos de la narradora, algunas veces se ven justificados y otras no. La niña ve cómo la carrera de cantante es una decisión llena de expectativas sin cumplir, pero también llena de pasión y de vida.

En la pluma de una autora tan joven como lo es Manuela Espinal, la familia se convierte en el recurso principal de la escritura. De hecho, al abrir las páginas del libro, vemos una pequeña dedicatoria: «Para mamá y J., protagonistas de muchas otras historias».

La propia vida siempre se convierte en una fuente inagotable de recursos para escribir. Cada experiencia se convierte en el alma de un personaje, cada vivencia o recuerdo se imprime como una estampa en cada letra de las páginas. Y Espinal, en la vida y en la obra, al romper con la herencia de su familia, emprendiendo por primera vez una carrera en la escritura, cierra el capítulo «familiar» de su vida con su novela, para comenzar un camino propio, como cualquier joven que se desprende de sus raíces para comenzar su vida y crecer a su modo.

En búsqueda del tiempo perdido

«Recuerdo el día que nos fuimos a Bogotá». Así comienza Espinal su novela: dialogando continuamente con el tiempo transcurrido. La obra, dentro de su tinte autobiográfico, es también un recuerdo, y su estructura funciona como tal. Fragmentaria, muchas veces Manuela Espinal dialoga con la abuela de la narradora, otras veces con la madre, otras veces con la aventura que los personajes vivieron en Bogotá, y otras veces con vivencias previas en la ciudad de Medellín o en las giras por El Salvador. Saltando de un lugar a otro, la novela funciona como las dinámicas de la mente, que poco a poco va uniendo los recuerdos en un todo.

El concepto de tiempo que se maneja dentro de la novela es bastante proustiano: retrocedemos para recuperar los recuerdos que se han perdido en el trascurrir del presente, para darles en nuestro ahora un sentido más vivo, y para reivindicarlos bajo la mirada con la que ahora miramos el mundo y nuestro ayer. El tiempo cobra vida en la obra de Manuela Espinal para iluminar y darle sentido a las resoluciones y a la vida que la protagonista ha decidido vivir. Por ejemplo, en un momento, la chica habla con su abuela, que desde los avatares más profundos del reloj le pregunta: «¿A quién podría gustarle esconder su talento?», a lo que la niña, para sus adentros dice: «En voz baja digo que a mí y salgo de la cocina».

La herencia de la abuela que la niña o que la joven mujer (en este caso, podría ser cualquiera de las dos) recibe, es rechazada. Sin embargo, antes de emprender un camino nuevo, la narradora, que podría leerse como la imagen en el espejo de Manuela Espinal, levanta un monumento a la música, alrededor de la cual se ha unido su familia. En un acto de memoria, Espinal recupera el pasado en el mar de recuerdos, y lo resignifica a través de las páginas de la novela.

Herencia y rebeldía

En esa reflexión sobre qué se queda y qué se va, sobre a qué se le hace homenaje y a qué no, Manuela Espinal hace que su narradora reflexione sobre qué vale la pena conservar para arrancar con sus proyectos personales. La imagen de la abuela, que en el pasaje anterior cristalizaba todo aquello que la narradora no quería ser, cobra un sentido diferente cuando la protagonista la recuerda en su mayor momento de rebeldía.

La abuela de la narradora cantaba en un coro, con su voz oculta entre tantas otras. Las nubes que le impedían el camino a la fama ensombrecían su futuro, y su mayor momento de gloria fue cuando de por casualidad tuvo la oportunidad de abandonar: «No, no había ninguna excusa y ella tampoco quiso excusarse. (…) Ese sería el regalo más grande que le habían dado alguna vez: el director la sacó sin que ella tuviera que dar alguna explicación o hacerse la que no podía irse, pero tenía que. La sacó y ella no protestó. Se fue del teatro, del coro, porque eso era lo que quería». Salir con tanta osadía le rinde homenaje a la abuela, pero además le rinde homenaje a la música, que más que nada, le enseñó a la protagonista a seguir sus expectativas con determinación y con pasión sin importar cuáles sean, si entran dentro del universo de la música o no.

La narradora entonces se queda con el sentido crítico de la abuela frente al mundo que le tocó, pero además, como observadora de la vida de su madre, descarta la posibilidad de dedicarse a la música porque la fama no es su objetivo principal, pero además, porque el camino de la música está lleno de aristas y tropiezos. Al final, la narradora consuela a su madre diciéndole: «Mamá, lo has intentado tantas veces… Has intentado huir, has intentado quedarte. Te has obligado a aceptar lo que tienes y después lo rechazas. Has intentado, sobre todo, vivir de esto, pero ya ves que es difícil».

De forma amorosa, la narradora rompe con su pasado, no sin antes tomar lo que le ha servido para emprender su carrera de escritora. Es así que la novela Quisiera que oyeran la canción que escucho cuando escribo esto se convierte en el manifiesto de miles de jóvenes en el mundo, que al emprender un camino propio dejan atrás las expectativas fallidas de otros, pero que de una manera o de otra, no se van sin tomar de sus raíces las mejores partes que, sin duda, darán fruto en otro lugar.

Valentina Coccia

Literata de la Universidad de los Andes. Magíster en Historia de la misma universidad. Bailarina profesional. Aunque realizó investigaciones sobre el tema migratorio a nivel histórico, artístico, literario y político, se ha dedicado al periodismo cultural escribiendo para el diario El Espectador, uno de los dos cotidianos nacionales más importantes de Colombia. Con gran interés por difundir el consumo de arte, cultura y lectura en su país, ha emprendido proyectos televisivos para difundir la idea de que la educación y la cultura son para todos. En España escribe para las revistas Vísperas y Le Miau Noir.

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