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19 Ago

Rodrigo Hasbún: “La novela es lo que se dice y lo que no se dice”

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Fotos: Vísperas

El boliviano Rodrigo Hasbún (Cochabamba, 1981) ha sido destacado por la crítica como una de las voces jóvenes fundamentales de la nueva narrativa en lengua española. A finales de mayo, se presentó su segunda novela Los afectos, publicada en nuestro país por el sello Literatura Random House. En los primeros comentarios que me hace, Rodrigo se sorprende de lo mucho que se publica en España. Obviamente, esto me lleva a preguntarle cómo es la dinámica editorial en los países de América Latina:

Allá se publica mucho menos. Me sorprendió ver tantísima novedad acá, y eso que dicen que se ha reducido. Leí hace poco una entrevista a Claudio López –director de la división Random House Mondadori- y decía que había disminuido prácticamente a la mitad el número de libros que publica con su sello para darle más atención. Pero publicar diez libros al mes es mucho, demasiados libros.

Sin duda, le comento, el número de novedades en nuestro país hace que la vida del libro se reduzca, la atención de la editorial en su promoción se convierte en una tarea complicada, y en muchos casos la obra no alcanza más allá del periodo de una semana en la mesa de novedades de las librerías; es difícil que libro y lector entren en contacto:

Y es algo complicado para los escritores también, porque inviertes dos o tres años de tu vida, sino más, en la creación de un libro, y luego tan sólo tienes dos o tres semanas de oportunidad, cuando no menos.

Porque son muchas las razones por las que considero que merecen ser conocidos obra y autor, esta entrevista no pretende ser más que un intento de toma de contacto, un acercamiento a través del comentario y la discusión realizados desde el centro de la propia obra.

Hasbún

Para comenzar nuestra la charla sobre Los afectos, me gustaría que me comentaras de dónde surge la novela.

Surgió muy casualmente cuando un amigo me contó la historia de la familia de los Ertl, una familia de alemanes que había emigrado a Bolivia a finales de los cincuenta, y mientras lo oía dije aquí hay una novela y es una novela que quiero intentar escribir. Siempre te pasa, como escritor, que todo el mundo te esté contando historias creyendo que te van a servir de algo y nunca sirven de nada. Pero en este caso, sí lo supe de inmediato, y llegue a mi casa esa noche y me puse a  investigar, a leer bastante sobre ellos, y ahí confirmé que sí quería contar su historia.

La convivencia de elementos de ficción con otros de no ficción, aunque no es algo exclusivo de la narrativa actual, sí se da en ésta con una especial intensidad, y es un rasgo presente también de Los afectos. ¿Por qué has optado en esta novela por ese recurso y qué tipo de tensión se da en ella entre estas dos esferas?

La verdad es que desde muy pronto, cuando empecé a escribirla, me di cuenta de que tenía que trabajar con la misma libertad con la que había trabajado en mis otros libros, que han sido de ficción pura, y que no puedo coartarme a mí mismo, no puedo depender de la historia, sino que tenía que seguir los mandatos de la misma narración. En ese sentido, trabajé con muchísima libertad, tenía algunos puntos a los que quería llegar, ciertas referencias históricas, pero fui muy irreverente y muy irresponsable. Moví de lugar, tergiversé, mentí muchísimo, y además, me metí con la vida interior de ellos. Creo que ahí, quizás, demarcaría yo la línea entre ficción y no ficción, o entre biografía y novela, en que me metí de lleno con lo que imaginé que podían estar sintiendo y pensando los personajes mientras le sucedían todas las cosas que se narran.

¿Por qué decides desarrollar ese mundo interior de los personajes?

Porque yo no concibo una literatura que no se meta de lleno con los personajes. Esa es la literatura que a mí me interesa, la que está cerca de las emociones y la que pone en primer lugar el viaje interior.

Los afectos es una novela corta pero el tiempo de su historia y los acontecimientos que en ella se narran ocupan casi un siglo. En este sentido, entraña la complejidad de condensar todo ese periodo de tiempo en poco espacio. Algunas de las técnicas que usas para ello son el perspectivismo, la elipsis o la fragmentación. ¿Qué retos te ha planteado esto que te comento a la hora de armar el libro?

Como te dije, lo que hice fue investigar durante un largo tiempo, más de medio año, en el que leí muchísimo cosas relacionadas y vi películas alemanas y colombianas de la época. Leí algunos libros que había escrito el mismo Hans Ertl, leí libros sobre su familia, hasta que llegó un punto en el que sentí que estaba preparado. Cuando comencé a escribirla, muy conscientemente y muy voluntariosamente, me olvidé de todo lo que había investigado y me metí en ella como si todo lo visto y leído lo hubiera imaginado yo mismo. Entonces escribí mucho, durante cuatro meses. Escribí bastante más de lo que ha sido el libro finalmente. Una versión inicial era el doble de larga. Cuando terminé ese primer acercamiento, ya con más distancia, me dediqué a recortar y encontrar la novela realmente, a encontrarla en medio de toda esa palabrería. Y ahí sí trabajé con las herramientas habituales, muchas de las que has mencionado: la elipsis, acentuar el cambio de perspectiva, no contarlo todo, sugerir cosas, dejarle libertad al lector para que el también participe y recree un poco la historia y se involucre activamente. He empezado a pensar este libro, no mientras lo escribía pero sí ahora que me meto a hablar sobre él, como una especie de álbum fotográfico que presenta distintos momentos de una familia. Ahora le toca al lector armarlo y construir algo de esas imágenes sueltas.

Es evidente que la estructura familiar en la que se encuentran los personajes te sirve para indagar en la intimidad de los mismos. Al mismo tiempo, también te permite conectar con otros elementos en relación al contexto y el momento histórico en el que vivieron. ¿Hacia qué otros temas apunta Los afectos?

Creo que hay un movimiento doble. Uno hacia la familia misma, hacia las dinámicas, los vínculos y los afectos de esta familia; y a la memoria familiar que algunos personajes preservan de manera más celosa, mientras que otros intentan más bien desentenderse de ella. Y el otro movimiento es hacia fuera, hacia la comunidad y hacia la historia de un país que también se estaba buscando a sí mismo en estos años de mitad del siglo XX. Creo que ahí hay una serie de reflejos entre lo que le sucede a la familia y lo que le sucede al país que han adoptado.

De entre estos reflejos, surge el tema de la violencia. Se podría decir que más que de un tema, se trata de una perspectiva que atraviesa toda la novela. ¿Cuál ha sido el tratamiento que has querido dar a este motivo en Los afectos?

Las violencias que a mí más me interesan y más me perturban son las violencias secretas, las violencias invisibles, y creo que esas son muy puestas en práctica en el contexto familiar. En casi todas las familias hay mucha guerra interior, generacional, se podría definir como un espacio bélico casi, donde suceden nuestros grandes aprendizajes que son los que luego vamos a poner en práctica. Creo que ese es el tipo de violencia al que más atención le presto en la novela, qué pasa entre las hermanas, qué pasa entre las hijas y los padres y cómo sobreviven a esa guerra permanente, que también es una guerra grata, tampoco vamos a exagerar, porque ahí también aprendemos las cosas más maravillosas: nuestros primeros amores, nuestras primeras lealtades, también suceden en su seno.

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Desde luego, lo que me cuentas en relación a la familia se manifiesta como una preocupación cada vez más presente en la actual narrativa, aunque no sea exclusiva de ella. En la literatura de hoy, parece como si la indagación en ese microcosmos familiar sirviera de medio para analizar la propia sociedad.

Sí, es cierto que en la literatura de hoy hay un desplazamiento hacía los espacios más íntimos y hay una mirada menos macroscópica y más microscópica. Y es cierto que esa mirada sí fue utilizada en otras literaturas, y quizá en la latinoamericana estamos más acostumbrados, tradicionalmente, a un relato de corte más épico. En los últimos años, ya ha habido una vertiente que ha ido hacia el detalle, y ahí, claro, la familia es un espacio privilegiado para diseccionar todo lo social y poder hablar de tantísimas otras cosas.

No obstante, no conviene identificarla con una novela de tesis.

Claro que no, porque, en cualquier caso, no hubo nada demasiado consciente o premeditado. Yo me lanzo a escribir sin tener una idea clara de hacia dónde voy a llegar ni qué recursos utilizaré en el camino.

En cualquier caso, sí que las herramientas narrativas que usas para construir esta novela (el perspectivismo, la fragmentación, etc.) sirven para cuestionar una visión de la realidad entendida como relato único de las cosas.

Sí, seguro. La realidad la construimos todos desde nuestras propias perspectivas, y lo mismo sucede con la memoria colectiva, con la memoria familiar o con nuestro pasado. Me gusta la idea de cuestionar esas construcciones que están siempre en marcha. En este caso, de nuevo, enfocándome a la familia y en el entendimiento diverso que tienen los miembros sobre ella. ¡Es que se vive a solas! Y eso es de lo que trata la novela. Habla de gente que está muy cerca la una de la otra pero que en última instancia todos están solos.

En ese sentido, el personaje de Trixi plantea en un momento del libro que “la realidad era la gente que se juntaba y se reproducía y permitía que las mentiras del mundo siguieran funcionando”. Parece, que a pesar de todo, ciertos relatos siguen perviviendo y dando sentido a la existencia.

Sí, y ella se siente muy intimidada y muy vulnerable ante esa realidad que la excede, ante esa construcción más colectiva de la realidad. Ella no sabe dónde ponerse y esa en parte es su búsqueda, saber cuál es su lugar dentro de esas grandes coordenadas. El personaje de Trixi siempre está pensando en función a otros, en función a su familia, en función a sus hermanas. Quizá es la menos egoísta de los personajes de esta novela en la que hay una abundancia de personajes egoístas.

Si me permites salirme del centro de la novela, me gustaría que, de entre las narrativas actuales, me comentaras cuáles son las que llaman tu atención.

Creo que más que de corrientes prefiero hablar de escritores concretos porque yo me muevo así, y digo quiero leer este escritor y no digo quiero leer esta tendencia. Algo que me interesa mucho en los libros es oír una voz, y en ese sentido soy muy afecto a los escritores que tienen un estilo fuerte y personal, y creo que en mi generación hay varios que hacen eso y en los que encuentro eso. Estoy pensando, por ejemplo, en las novelas de Juan Cárdenas, colombiano que vivió mucho tiempo en España; o en los cuentos de Carlos Yushimito; en los libritos extraños de la uruguaya Inés Bortagaray. Son todos libros donde siento algo muy personal y un uso del idioma muy único. Creo que eso es lo primero que busco en los libros, escuchar una voz.

Entrevista Hasbún 3

Se te conoce más como escritor de cuentos que de novelas, y me comentas ahora que tú interés estriba fundamentalmente en la búsqueda de una voz. ¿Funciona de la misma forma esa búsqueda en los cuentos que en las novelas?

Sí, en los cuentos sigue siendo primordial para mí escuchar una voz. Son simplemente géneros que responden a intensidades distintas. Creo que lo cifro en esos términos, en términos de intensidad, y acá en la novela tienes más posibilidades de explorar otros personajes y de alejarte de las situaciones. Los cuentos, en cambio, están muy arraigados en situaciones específicas y no te dan tanta cabida para perderte dentro de los personajes, creo. Pero en cuanto al uso del idioma pienso que ambos géneros, así como todos los demás, deberían de ser igual de rigurosos y en ninguno de ellos deberían sobrar elementos, porque se suele decir que la novela tiene más desperdicio, pero en las mejores novelas no hay sobras, y uno siente que las cosas están más ataditas y que todo está ahí por cierta razón.

De hecho, una de las cosas que llama la atención en Los afectos es su fuerza de condensación; cómo siendo tan aparentemente escueta, llega a tantos lugares y a la hondura de sus reflexiones.

Bueno, creo que sí, y me alegra que tu lectura haya sido tan puntillosa [Se ríe.] Además, es que una novela es lo que dice y también lo que no dice. Lo que dice está ahí, en este caso en ciento cuarenta páginas, pero hay otras ciento cuarenta de lo no dicho, y eso es parte del libro. Los escritores hemos de lidiar constantemente con lo no dicho, con lo sólo sugerido.

Que es igual de importante que lo dicho.

Y seguramente más importante.

Daniel López García

Durante años trabajó la acción social vinculada a la creación artística en campos de refugiados de Bosnia y Herzegovina, en el norte de Marruecos y el sur del Peloponeso. En la actualidad, es escritor de comentarios sobre literatura y artes plásticas que pueden leerse en revistas como Quimera, Revista de Letras o Maasåi Magazine, entre otras. Ha entrevistado a más de una treintena de escritores en lengua española, y a otros tantos artistas y fotógrafos. Está realizando un documental sobre literatura y creación joven junto con Carolina Cebrino y Daniel de Zayas, y redacta su tesis en estudios comparados de literatura los fines de semana.

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