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15 Oct

Sergio Pitol, nadie más favorable

Sergio pitol

Sergio Pitol sostiene en El tercer personaje que en las novelas se agolpan “las tonalidades de una sociedad” y que sus protagonistas son espejos directos de “la pulsión de una realidad entera”. Tres tipos de personaje han ido poblando las novelas, según el autor mexicano. Los dos primeros son el héroe y el antihéroe. Son correlativos, antitéticos y cumplen un movimiento de reciprocidad. Héroes románticos, dice Pitol, creados por Byron o Flaubert dieron paso, a través de convulsiones literarias, al antihéroe, “personaje que puede vestir varios ropajes”. El antihéroe por antonomasia del siglo XX lo creó Kafka.

Un tercer personaje, afectado por una búsqueda a veces inquieta pero siempre divertida y capaz de transformarlo todo, habrá de sofocar a los dos primeros. En las últimas décadas ha surgido una nueva narrativa con un tercer tipo de personaje. Su moral es “su saludable humor, su esfuerzo por enfrentar la risa a los desastres, su decisión de no ceder ante la desesperanza, los acechos del poder, mucho menos a una pomposa y mecánica respetabilidad”. Para que se dé el modo de ser del tercer personaje, el autor tiene que habitar su libro, dándose una extraña convivencia. Por ello, dice Pitol, el tercero, desde su actualidad, se retrotrae, para extraer fuerzas, hasta Cervantes, instalado del todo en lo que escribió. Cabe situar a Pitol en la sintética antología que ofrece de los terceros más admirados por él, como son, por ejemplo, Carlos Fuentes, César Aira, Virginia Woolf o Monterroso.

Cuenta Pitol que desde hace unos años su necesidad de escribir se ha encontrado con el grave problema de lenguaje que padece. Desde entonces escribir le resulta a la vez inevitable y agotador. Esta dificultad se manifiesta en una amplia variedad de síntomas. Contra todo lo esperado, la mejor literatura se está enfrentando con los problemas del lenguaje de los escritores que, como explica Pitol, son tomados por raros y se les excluye de toda vanguardia (siendo esto una suerte, asegura). Con la obra de esta clase de escritores se amplía gratamente el inventario de los terceros personajes. Todo empieza cuando el lenguaje se vuelve cuestión y su fragilidad y todas sus confusiones se toman en consideración. Pitol sitúa en esta coyuntura el desbordamiento y final del antihéroe. Ahora bien, cuestionar el lenguaje no es un capricho. En gran medida, Pitol es un don, una vida y una tenaz producción, incesante y sin vacilaciones, de todos los problemas del lenguaje de todos los verdaderos escritores, así como la revisión de la historia universal de la arbitrariedad de la certeza y la crítica del pavoroso instinto de supervivencia.   

Pitol encuentra similitudes entre la experiencia de crear libros y la de llegar a un lugar donde no se conoce a nadie y el idioma resulta absolutamente ajeno. Esos lugares a los que se llega tienen que parecerse a ese otro lugar llamado Luvina, tal como J. Rulfo, ese otro mexicano, describe en su relato. Se colige que las corrientes de agua tienen que ser el viento que mece las algas, casi en un total destierro. La proximidad de dimensiones irredimibles autoriza a Pitol para inventar historias posibles. Hablar un idioma ajeno está reservado, es el exclusivo de algunos escritores y lectores. De la unión de ambos resulta el extraordinario tercer género de autor que Pitol es. Ese idioma es una mirada borrosa, distorsionada, una mirada, la de Pitol, que se hace estilo. Por ello, interesa contar con lo que él mismo dice de su libro El arte de la fuga (1996): “No obedece a ningún trazo cronológicamente ordenado, no pretende demostrar nada, tampoco intenta justificar mis ideas ni mis actos. Es, en cambio, un acercamiento a mis fuentes espirituales y a la vez una fuga.” Lo esencial de la fuga es la vuelta al origen, al enigma. El tercer personaje desemboca en la escritura de unos fragmentos fechados. El autor deja claro que el libro se ha escrito, a lo largo de los años, a diario. Esto es, pues, un diario.

Ese idioma tiene mucho del de Veracruz (México) y se ha convertido en el de una hermosa obra que narra como propios los asuntos ajenos. La obra de Pitol está repleta de admiración y de reverencias, contiene numerosísimas atribuciones favorables hacia otros autores. Su obra seguirá, como hasta ahora, secuenciada por los lectores, incondicionalmente, una vez tras otra, para que sus letras sigan inundando favorablemente el aire.

Samuel Mellvich

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