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12 Jun

Silencio Pentacker o una breve historia europea, de Martín Lombardo

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He seguido con atención la trayectoria de Martín Lombardo. Con atención y más de un tropiezo, debo ser honesto. Hace unos meses, llegó a mis manos La mujer del olvido, la segunda de sus novelas. Desgraciadamente, decidí leerla durante un viaje hasta la inhóspita Boulogne-sur-Mer, donde por cierto pasó sus últimos años y falleció José de San Martín, en un exilio que era algo parecido al olvido, un olvido lleno de melancolía frente a la lejana e inventada patria. Pero no es de José de San Martín que quiero hablar, sino de mi accidentada e inacabada lectura de La mujer del olvido. Uno a veces tiene esas intuiciones que electrifican la médula, no sé por qué desde que subí al tren tuve una mala sensación. La mirada de los viajeros más tiempo detenida sobre mí, el desmesurado fastidio de mi compañera de asiento cuando le pedí que me permitiera sentarme del lado de la ventana, el sentimiento de escuchar cuchicheos incluso en medio del silencio más enfático; en suma, esa especie de malestar que recorre un ambiente cuando se es extranjero, se tiene un acento en la voz y el cuerpo. Así que decidí, partir lejos, exiliarme mediante la lectura de la novela de Lombardo, argentino que vive en Francia. Poco antes de llegar al final, me cayó encima el controlador, quien no quiso saber nada de mi abono viajero, ni siquiera leer el boleto que, negro sobre blanco, certificaba mi trayecto. En lugar de perder el tiempo, y en perfecta coherencia con mi vecina, que ya decía algo acerca de los extranjeros y sus malas maneras, me impuso la multa más cara. Cuando quise decirle que le agradecía por haberme malogrado la lectura, ya se había perdido hacia otro vagón. “En búsqueda de otros extranjeros”, pensé recordando a cada uno de sus ancestros. Llegué a Boulogne-sur-mer con cien euros menos y una novela inacabada que no volvería a abrir. Nunca más.

Me doy cuenta de que quiero hablar de Silencio Pentacker y termino hablando de La mujer del olvido. A la vez de abrir una tangente, descubro que, con todo, ya empecé a hablar de Silencio Pentacker. No sólo porque decidí leer la novela en mi casa, en medio del silencio y la tranquilidad más absolutos, sino también porque la última novela de Lombardo es una ficción del exilio, un relato de otro individuo más que marca, sin descanso, las distancias con la familia, el país, el idioma y tantos otros elementos determinantes y dejados detrás. De hecho, el exilio la gran línea temática que inspira la historia, la instiga a avanzar, a la vez que a reincidir sin repetirse en el hecho de vivir en un país extranjero, desde el cual se plantea, negocia, pero sobre todo, se redefine el vínculo con la patria. Por ejemplo, cuando ya está muy avanzada la lectura leemos lo siguiente:

Pentacker, invocando recuerdos familiares, no encontró sorpresa en el hecho de que su abuela nunca hubiera querido regresar a la patria. La patria es un agujero que nos chupa, nos aterra nos saca toda la libertad posible. La tierra es el terror. El terror nos aferra al piso. El piso es duro. Hacia allí vamos, en caída constante. Había algo siniestro en aquella morriña, más bien parecía una cantinela enfermiza. (p.157).

A semejanza de la abuela —verdadera consciencia frente a la cual el personaje se mide, pese a encontrarse muerta— Pentacker no desea regresar a la patria. La herencia que se transmite no es la que afirma sino la que niega, busca difuminar rasgos, olvidar recuerdos, abrirse a lo desconocido. Advirtamos que la patria es mostrada como un lugar adonde se desciende, en el que el individuo es aferrado a la tierra, en abierta oposición con la posibilidad de ascender, viajar a otras latitudes, ser alguien distinto. Lo que en el caso de los argentinos es casi una tautología —es conocida la boutade de la ascendencia ultramarina de los argentinos, distinta a la incaica, por ejemplo, con la cual negociamos los peruanos—, cuando se trata de Silencio Pentacker es una mezcla de fatalidad con elección. La falta de orígenes sociales y personales, constantemente aludida, determina una situación en la que se busca sin querer —la paradoja es un rasgo del personaje— un horizonte. El protagonista, por otro lado, decide tomar distancia del país a partir del exilio que se convierte en migración, la migración que se convierte en vida paria. Poco a poco, de manera irreversible, abandonar el país obliga a desplazarse de un motivo bastante connotado en la literatura latinoamericana (el del exilio) para dar forma a una forma emergente y muy moderna de individuo (el del paria). Formas de regresar a la nada de un hombre sin atributos del tercer mundo, especie de Monsieur Teste famélico y sin dinero. Por más argentino que sea.

Precisemos un poco de qué va Silencio Pentacker. La novela breve, compuesta de tres partes, cuenta el periplo de Silencio Pentacker, un treintañero, “antisocial, hipócrita y depresivo” que vive en una ciudad-pueblo francesa. Argentino de nacimiento, melancólico de vocación, Pentacker fue dejado por su enamorada; es decir, “la mujer fantasma” o “la mujer de su vida”. Este punto de partida, lo lleva a explorar el espacio urbano, conocer gente como Vladimir el ruso, igual o aún más extraviados que él, y perder poco a poco lo poco que ha ido acumulando hasta llegar al final, “triste y solitario”, como el mismo narrador se encarga de recordarlo. Porque la historia de Pentacker es contada por un misterioso narrador, quizá uno de los mejores aciertos del libro. Lo suficientemente cercano como para confundirse con su perspectiva, pero al mismo tiempo ajeno para marcar las distancias mediante la ironía —lo cual salva a la novela de la truculencia, sobre todo en los pasajes amorosos—, el narrador explora los afectos, sensaciones y experiencias del protagonista en sus más recónditos detalles. Leyendo la novela, tuve la impresión de encontrarme frente a la prolija relación de los sucesos de una maravillosa y miserable existencia. El resultado, por más incoherente que parezca, no es tanto un personaje iluminado, claro, comprensible, sino un individuo misterioso, que se mantiene en la penumbra de lo explicito y lo sugerido. El gran mérito de Silencio Pentacker, como por lo demás ya ocurrió en las novelas precedentes de Lombardo, es que se trata de una novela de personaje. De hecho, pese a ciertos reparos que pueda plantear al texto y su ritmo, no me cabe la menor duda de que Martín Lombardo ha logrado cristalizar uno de los más fascinantes personajes de la literatura latinoamericana del siglo XXI.

Silencio Pentacker es una propuesta literaria original en los dos sentidos de la palabra. Por un lado, Martín Lombardo, se las arregla para presentar una ficción con sus reglas propias, en la que progresivamente nos introducimos en la intimidad del personaje y sus vaivenes, antes que evoluciones en línea recta. Porque la escritura avanza y retrocede sin descanso, pero al hacerlo gana en consistencia. Por otro lado, reconocemos al lector que hay detrás del autor, el individuo que dialoga a múltiples niveles con la tradición literaria latinoamericana. En filigrana, por ejemplo, con Rayuela de Julio Cortázar, una novela que consagró la representación de un exilio de piolines y rulemanes (Cortázar dixit). ¿No podemos concebir las errancias por los grises pueblos parisinos como la respuesta de nuestro tiempo a los paseos parisinos de Oliveira buscando a la Maga? Claro que aquí no hay Maga, ni siquiera Talita, sino una “mujer fantasma”, una “paparula” y una “mujer indicada”, tres sombras femeninas que se suceden para marcar la imposibilidad de Silencio Pentacker para establecer cualquier tipo de vínculo.  Por entre sus páginas, en filigrana, se alude a las novelas de autores como Saer, Soriano e incluso Neruda. En ocasiones, se trata de insertar sus palabras —por lo general sus títulos— en la materia textual en un diálogo que tiene tanto de homenaje como de guiño. Otras veces, como ocurre con Neruda, el narrador lo cita para marcar sus distancias. Como es evidente, también hay una apertura hacia otras latitudes literarias; en lo personal, sentí la huella de autores por los que guardo una veneración absoluta como Robert Musil y Samuel Beckett. En ese sentido, puedo decir, sin temor a equivocarme, que hay un aspecto que Martín Lombardo nos recuerda: las genealogías personales y literarias son la misma y distinta cosa. Uno se construye, conforme avanza, su propia mitología de recuerdos y de lecturas en un movimiento que impulsa a escribir fuera, a contar desde los límites. Si Lombardo trasciende sus fronteras personales, nacionales, culturales y lingüísticas, para constituir un territorio literario donde coexisten Musil y Neruda no es por capricho, sino porque de esa manera deja la patria para asumir el territorio.

El centro de la experiencia se convierte en la periferia del lenguaje.

Un último aspecto que me parece pertinente resaltar es el de la melancolía como síntoma, incluso como estrategia para extraerse del mundo, hundiéndose cada vez más en lo real. Si el vínculo con la patria significa ascender si no se quiere ser jalado a las profundidades, la relación con los otros y consigo mismo supone lo contrario: adentrarse en una forma de cotidianeidad donde todo parece suceder para repetirse: las palabras, las situaciones, incluso las personas. En este contexto, la única actitud posible parece ser la de procastinar, esa forma tan actual de melancolía. Pentacker pertenece, como personaje, a una larga estirpe de melancólicos latinoamericanos, como el H. Ibacache de Bolaño, el rufián melancólico de Roberto Arlt, algunos personajes de Bryce Echenique, sin olvidar a los de Onetti. El hecho de que reactualice este síntoma tan común en nuestras letras tiene que ser entendido en el registro del héroe huérfano, sin familia, ni vínculos afiliativos o afectivos (colegas, amigos, ni siquiera amores). El héroe en lugar de agitarse por buscar una identidad, una coherencia, se abandona a la incertidumbre más desoladora. Eso sí, con el mentón apoyado en la palma de la mano y la mirada perdida en el vacío.

En Boulogne-sur-Mer me propusieron ir hasta la casa de José de San Martín. No sé si siento admiración por él; en cualquier caso, me interpelan más su actitud y sus decisiones que las de Simón Bolívar (muy similar en sus poses, por otro lado, a muchos autores latinoamericanos). En particular, eso de ir a morir en otro país, lejos de los suyos, pero sobre todo en la soledad y melancolía más absolutas. Del otro lado, la patria dejada habría perdido realidad, consistencia hasta convertirse en un mal sueño, una fantasía, un holograma. Frente a ella, quiero decir la patria, la literatura escrita desde los umbrales, tal y como la plantea Martín Lombardo, prolifera en su cuestionamiento, que es también apertura hacia un territorio, el de la ficción, más verdadero que cualquier otra geografía. Haya o no trenes en ella, eso lo sabemos bien.

Felix Terrones

FÉLIX TERRONES (Lima, 1980). Autor de las novelas El silencio de la memoria (2008, “Mundo Ajeno”) y Ríos de ceniza (2015, “Textual”). Además, es autor del libro de novelas cortas A media luz (2003, PUCP) y del libro de microrrelatos El viento en tu cara (2014, “Nazarí”). Diversos relatos suyos han sido traducidos al inglés y al francés. Doctor en estudios hispanoamericanos por la Université Michel de Montaigne – Bordeaux III (Francia) donde se graduó con una tesis dedicada a los prostíbulos en la novela latinoamericana. Editor y antologador de la obra de Sebastián Salazar Bondy para la Biblioteca Ayacucho de Venezuela. Actualmente es lector en la École normale supérieure (Ulm). Entre otras distinciones, ha sido finalista de la Bienal de ensayo de la Universidad Andina Simón Bolívar de Ecuador. Los lectores del diario peruano La República eligieron su novela Ríos de ceniza como la segunda mejor publicación del año 2015. Vive en la ciudad de Tours (Francia).

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