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24 Feb

Tiempo de alacranes, de Bernardo Fernández

bef

Fotografía de portada: Jorge Alberto Mendoza.

Aunque el sitio que elijo para leerla no sea el norte, evoca también, a su manera, cada parada de este viaje. En Michoacán, como en la novela, «todo el tiempo es tiempo de alacranes». Puedes oírlos anunciarse por la noche, con ese canto de grillo aletargado con el que quizás busquen aparearse. No estarán en cada casa, hay que ser justos, pero seguro habitan las paredes de todas las construcciones que han deforestado los cerros de la segunda ciudad más grande del estado. Los escuchas caminar entre las láminas, pasearse por las vigas de madera. Puede que incluso la vecina conserve en un frasco con alcohol todos los que han picado a su familia. Igual no son la mayor preocupación; en esta realidad, como en la pintada por Bernardo Fernández, los alacranes son la menor de las razones para dormir ligero y con los protocolos de emergencia listos para activarse.

El destino en dictador

Tiempo de alacranes es una novela sobre el destino, sobre un destino que no es visto como una entidad romántica, tendiente siempre al progreso y la bonanza, sino como un mandatario autoritario que ha trazado con especial dedicación, para cada uno de sus gobernados, un desenlace funesto particular. Publicada en 2005 bajo el sello de la Editorial Océano, Tiempo de Alacranes genera una realidad turbulenta que se desprende del entorno mexicano sin pretender ser una calca. Se trata de la primera novela de Bernardo Fernández (conocido por los cuates como Bef), obra con la cual se hizo acreedor del Premio Nacional de Novela «Una Vuelta de Tuerca», en su primera edición (también 2005).

Todo inicia cuando el Güero (quien es llamado así por ser tan peligroso como los alacranes de este tono) es llamado a despachar otro muertito. Su carrera de asesino se encuentra en un momento de crisis; parece ser que está dando el rucazo y que la edad le hace identificarse demasiado con sus víctimas como para poder seguir matando a diestra y siniestra. Como sea, no tiene forma de escaparse del trabajo; es un gran líder del narco quien lo pide. Pero cuando está punto de efectuarlo, se da cuenta de que su corazón es ya demasiado blando. Aquella bala no llega a dispararse y el Güero tiene que negociar su retiro irrevocable. Aunque su jefe lo perdona (porque los capos de la mafia también tienen su corazoncito), el destino no es tan laxo. El Güero deberá encarar entonces los caminos del héroe, o del antihéroe, que tiene que arrojarse a la aventura aunque rechace en un principio todas las llamadas.

El mundo por el que transita el Güero es aquél donde la autoridad más igualitaria e incluyente es la muerte. Ninguna otra tiene tal capacidad de dar sin discriminación y de tratar al pueblo de manera más justa. «¿Qué expresión más elocuente de la condición humana que la repartición democrática, aleatoria, de la defunción prematura?», se pregunta uno de los narradores frente a un ambiente en el que lo único seguro es que la vida vale mucho menos que el dinero. No importa quién seas, ni en quién creas, ni lo que pienses: «las balas no distinguen a los ateos de los creyentes». Resulta sorprendente que Tiempo de alacranes haya sido escrita antes de la llamada «guerra contra el narcotráfico», iniciada en 2006. Uno tiende a pensar que la violencia contenida en la novela, y en nuestros diarios, es de reciente aparición. Sin embargo, es claro que nuestras estructuras están podridas desde mucho tiempo atrás.

Poesía para mecánicos

Bef no pretende, ni en ésta ni en otras obras, imitar la realidad, pero sin duda sabe hablarnos de la vida. Sin perder la oportunidad de dejar constancia de las décadas violentas que vivimos, el universo en Tiempo de alacranes no es una réplica a escala del país. La verosimilitud no es algo que deje sin sueño al autor. Mientras la historia sea congruente por dentro, no necesita serlo con respecto a ningún mundo externo. Los personajes que Bef genera, su habla, sus acciones, persiguen más la experiencia estética que el homenaje a los malandros que tenemos en la vida real. Sus movimientos espectaculares son más similares a una película de acción que a la nota roja que vemos en el metro todas las mañanas, maravillando al lector sin necesariamente abrir en su pecho un hueco sórdido.

El habla de los personajes tampoco aspira a ser ningún retrato. De hecho, si lo fuera, la novela sería mucho menos disfrutable. Hay muchos aciertos que se obtienen de introducir la mente avispada y ácida de Bef en un entorno como el de Tiempo de alacranes. Mi favorito de entre ellos es el uso del verbo vulcanizar (que es, en resumidas cuentas, reparar llantas poniéndoles parches) para hablar de coger o penetrar. ¿Qué mejor retrato del carácter, la misoginia y los códigos ambiguos de la masculinidad en los personajes de Bef que el Checo hablando de su compadre con admiración y asegurando que, de tanto que le ha salvado la vida, podría perdonarle incluso que «se vulcanizara» a su esposa, la Lola?

Bef busca las palabras y las combinaciones precisas (llamar a alguien «florecita de camellón» para colocarle en una posición incluso más infame que la planta que «nace para maceta y no pasa del corredor» y mucho menos poética y librepensadora que la «flor de asfalto»); para ello debe impedir que el corsé de la realidad y la verosimilitud se apoderen de sus páginas. Fernández persigue la experiencia estética de lo soez, de la cual deja vestigio en su poesía para mecánicos: «Un auto es así como una vieja amante que te sigue recibiendo, experta y lubricada, sin importar los años que hayan pasado».

La apuesta de Bef con respecto a sus personajes es que el lector se enamore de todos sus defectos, que intente encontrar bondad en donde sólo hay atisbos de duda y de vergüenza, y que termine incluso justificando sus actos. No es tan difícil, en verdad, terminar amando personajes de ética cuestionable; en la vida real lo hacemos todo el tiempo. «Hay gente como el Checo, no importa qué hagan, siempre la libran, siempre hay alguien para salvarles el pellejo. Siempre los espera su mujer en la casa», y es cierto. No sólo en la ficción nos enamoramos de los malos. Si Jean Grey nos ha enseñado algo es que no importa lo mucho que nuestra razón se aferre a los buenos pasos de Scott Summers, algo muy dentro siempre querrá caer en los abismos que sólo Wolverine ofrece. No es cierto que los antihéroes nos atraigan sólo por la maestría y la técnica con que son creados; los amamos porque nos muestran mundos a los que hemos decidido no entregarnos.

Buscamos a los personajes malos como también buscamos la traición. No necesariamente porque estemos cansados de lo correcto y del respeto a los acuerdos, sino porque siempre nos preguntaremos quiénes seríamos de abrir la puerta que nos lleva al inframundo. No buscamos a los otros, sino nuevas versiones del yo.

La permanencia inverosímil

Tiempo de alacranes es un recorrido por los bajos mundos de un Universo que parecería estar colapsando pero que, por algún motivo milagroso, se mantiene firme. Se trata también de una novela sobre la piedad, sobre los rastrojos de empatía que sobreviven en todo corazón, por enlodado que se encuentre. Quizás no todo esté tan jodido, parece decir Bef, si hasta un matón a sueldo como el Güero es capaz de experimentar la compasión que lleva a respetar la vida ajena. En un suelo desvencijado como éste, como el que leo, como el que piso cuando leo, donde la esperanza a veces parece un sueño ingenuo, acaso lo último en que se pueda confiar sea en el perdón de una bala otorgado justo a tiempo.

David Ledesma Feregrino

David Ledesma es activista en favor de las personas de la disidencia sexual y de género. Formó parte de la XIV promoción de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores. Le dicen la Malquerida.

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