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12 Dic

Tipos móviles, de Leonardo Sabbatella

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Fotografía de portada: Nazarena Talice

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Siempre me ha gustado la posibilidad de ejercer la traducción literaria como una carrera de fondo para difundir a los escritores que uno admira. Con el paso de los años, en esa sucesión de propuestas y encargos editoriales, el traductor literario con cierto afán de curador tiene la oportunidad de promover unas coordenadas estéticas, de confeccionar una nómina de autores y de apostar por ellos; en el mejor de los casos, de acompañarlos en cada libro. ¿Permite la crítica un acompañamiento similar? Al recibir Tipos móviles, la tercera novela de Leonardo Sabbatella (Buenos Aires, 1986), sopeso la tentativa de seguir de cerca a un autor e ir reseñando cada uno de sus libros a medida que se publican. No se trata de hacer un favor personal, ni de mostrar un fervor militante por su obra. El objetivo es plantear una aproximación crítica distinta, de largo recorrido.

A mi modo de ver, por el cauce central del reseñismo fluye una aglomeración de infinitas visiones atomistas. En su alboroto de disponibilidades e intereses, cada crítico reseña lo que puede, quiere o debe, una novedad sí y otra no; tan pronto pispea la carrera de un autor como se desentiende de ella por completo, a veces en función de criterios tan debatibles como el fallo de un premio, el nacimiento de una editorial, un abultado número de reimpresiones o el puro compromiso. Me aventuraría a decir que ese revoloteo de flor en flor nace sobre todo de la voluntad del crítico, compartida por la mayoría de lectores, de descubrir tantos autores como sea posible. Desde luego, ese interés puede ser fruto de la genuina curiosidad; incluso, entre los más ecuánimes, del deseo de poner a los autores en igualdad de oportunidades. Pero sospecho que también existe una ansia de acumular capital cultural, y de hacerlo conforme a esa lógica perversa según la cual leer es poseer, cubrir huecos, saldar exigencias. Sea como fuere, a ese cauce central del reseñismo, obsesionado por estar al pie del cañón de «los demasiados libros», le llueven torrencialmente contenidos. Borges defendía que era más esclarecedor releer que leer. Cioran negaba que se pudiera juzgar un libro sin haberlo leído al menos dos veces. Ninguna de las dos sentencias parece tener hoy demasiada acogida. En paralelo a ellas, tal vez se podría promover un cauce alternativo para el reseñismo, un afluente marginal (pero menos arbitrario) que aspire al seguimiento continuado, a una crítica perseverante. Ese escrutinio libro a libro no solo pondría de manifiesto las modulaciones de un autor en el continuum de su obra. El propio crítico, que además de emitir juicios debería teorizar sobre ellos, sería el primero en percibir que el paso del tiempo le tienta a desdecirse, que dio pasos en falso, que arrastraba limitaciones antes inadvertidas y ahora llamativas hasta el sonrojo.

Los libros de Leonardo Sabbatella son una de mis carreras de fondo. Sigo corriéndola, desde la soledad que impone la brecha editorial transatlántica, porque me permite explorar una concepción valiosa de la literatura. Lo apuntan las contraportadas y creo que es cierto: «Sabbatella tiene un mundo propio». La relación que unía su primera novela, sobre la que lo entrevisté, con la segunda, que reseñé en su día, auguraba un escritor cohesivo, de libros simbióticos. Dos virtudes me llamaron la atención: una insólita clarividencia teórica sobre su concepción de lo narrativo y una admirable soltura para ponerla en práctica. Con ellas forja un molde de novela muy breve, que mengua en cada entrega (170, 150, 130 páginas), siempre con un estilo sobrio, un enfoque introspectivo y referentes compartidos (entre ellos los aviones, la pintura y el ajedrez). En El modelo aéreo, estos rasgos cuajan en torno a una galería amplia de personajes, testimonios de las distintas formas de ausencia que provocan dos muertes. El pez rojo, en cambio, presenta el estudio en profundidad de un solo protagonista, recortado sobre un telón de fondo desdibujado pero muy plástico. Ese es el procedimiento que Sabbatella retoma en su última novela, con una atmósfera menos claustrofóbica.

Igual que sus predecesoras, Tipos móviles configura un mundo verosímil, pero se desmarca de las corrientes realistas que buscan la fibra de la verdad en lo particular, en hacer explícitos detalles que el lector pueda compartir. Como él mismo ha explicado, la apuesta es buscar «una escritura no asertiva, no del todo nítida, que vaya a contrapelo del realismo». Sabbatella apenas nombra y, cuando lo hace, no es para fijar los elementos que convencionalmente se consideran constitutivos de la realidad, sino para evocar aquellos que le interesan (sea una navaja suiza de la marca Victorinox o el ajedrecista soviético Mijaíl Botvínnik). No hay rastro de fechas, topónimos o marcadores de otro tipo. El mundo se cifra desde ejes alternativos, en busca de potencial simbólico: la vida de los objetos, su mediación en la actividad humana, la morosidad del tiempo, la nebulosidad de lo real, la incomunicación, la estética de los nombres (Pratz, Cevert, Pavel, Jorgen, Vander, Boris, Salo, etcétera). Una escisión preside la mirada del narrador, siempre externo: de un lado el protagonista y, del otro, abundantes personajes secundarios, que entran y salen en escenas fugaces, pero que logran causar una impresión perdurable. Hay cartógrafos, ciclistas, impresores, pilotos de avión, contables en fábricas de globos, electricistas en teatros, pulidores de lentes, geólogos, físicos o fabricantes de telescopios. «¿Puede reconstruirse la misión de un hombre a través de sus herramientas?», se pregunta Sabbatella, hábilmente obsesionado con los oficios y su forma de moldear la identidad.

Por norma general, los personajes de Sabbatella están solos y hablan poco. Como si los oyéramos desde lejos, no tenemos acceso a sus diálogos directos. No se definen por sus palabras sino por sus actos y, en mayor medida, por sus especulaciones, en ocasiones cercanas a la neurosis. Muchos están lacerados por dentro y lisiados por fuera: tienen la mano paralizada, o la cara quemada, o son tartamudos. Todos desfilan en una calculada alternancia entre la narración y la digresión. Un motivo trivial da cuerda a la trama: Pratz, un tipógrafo carente de identidad y vitalismo, viaja a una localidad costera para hacer varios encargos. Durante el cumplimiento apático de sus obligaciones se entrecruzan decenas de escenas breves. Nos transportan a cafeterías de balnearios, a pajarerías clandestinas, a gasolineras perdidas en carreteras secundarias, a exhibiciones de autómatas o a casas ajenas con las que Pratz se mimetiza. El éxito estructural de Tipos móviles recae en esa alternancia entre el hilo conector (el viaje de Pratz) y los desvíos mentales (sus recuerdos de niñez, sus teorías sobre amanuenses medievales o fabricantes de hélices, sus sospechas paranoicas sobre los vecinos). Abusando de las metáforas de corte y confección podríamos decir que estamos ante una novela patchwork, aunque no como la que tejería desde la impericia un escritor de relatos, empalmando pequeños retazos y olvidando disimular las costuras. Lo fragmentario en las composiciones de Sabbatella cobra para mí un sentido casi cinematográfico, porque aborda la narración más como un montador que como un estilista (hay rasgos concretos que evidencian su reflexión sobre la frase, aunque no siempre se depure la sintaxis). Sabbatella explora la memoria y la fabulación del personaje para secuenciar escenas, no para tensar frases (en ese sentido, lo situaría en las antípodas de una joven compatriota con la que comparte editorial, Ariana Harwicz). Sus planos van atrás y adelante en el tiempo, modulan la velocidad de la trama e insertan contenidos que obligan a reinterpretar lo ya leído; a repensar, junto con Pratz, quién es Pratz.

Más que la caleidoscópica El modelo aéreo y quizá más también que la lupa psicologista de El pez rojo, la nueva novela de Sabbatella presenta un estudio de personaje memorable, con pregnancia. Como puede resonar un pitido en el silencio, en Pratz resuena el vacío interior. Pero lo que pone sobre la mesa no es solo la fragilidad de la identidad, sino su naturaleza de copia: «En su caso eso que suele llamarse propio es la mímica, la representación desenfocada pero certera de otro». Tipos móviles despliega un mundo de réplicas e imitaciones: se copian los cortes de pelo, se copian los actos de habla, se copian las caligrafías, las chaquetas y las formas de andar. También es un mundo de «olvidos custodiados»: hay quien no aprende a conducir por miedo a acabar trabajando de taxista, y hay quien desaprende a nadar tras enterarse de que se ha ahogado un familiar. «A Pratz siempre le han cautivado los negativos. Como si el hecho de la proyección o el revelado fuera una burda representación de una cosa que no estaba ahí; en cambio las diapositivas rompían toda equivalencia o correlato con lo que mostraban, eran en sí mismas una nueva cosa, un objeto específico, que poco importaba si lo que mostraban era un objeto del pasado o algo incomprensible o artificial». Como salta a la vista, el tono dista mucho de la exageración cómica con la que Woody Allen abordó en Zelig el tema de la copia identitaria y los camaleones humanos.

Sabbatella no coquetea con el humor, sino con la teoría. Tal vez no esté de más recordar entonces ese párrafo de Verdad y método en el que Gadamer escribe que la naturaleza de la copia estriba en parecer el original, de modo que «se cumple a sí misma en su autocancelación». Bien mirado, ¿no se equivocaba el discípulo de Heidegger? ¿Acaso no radica la copia en su ser plenamente copia, en lugar de original? Se abre ahí una senda para reivindicar la esencia de Pratz. Adviértase que si la copia fuera una autocancelación completa se convertiría en una falsificación, tema sobre el que trata F for Fake de Orson Welles, un documental sobre el mayor falsificador de cuadros del siglo XX.

Bajo el influjo de Sabbatella, terminaré con un inciso sobre la vida de los objetos. Hay un instante, a la vez de euforia y de soledad, en el que algo nuevo llega desde lejos y por primera vez a un lugar. Dos polos entran en contacto. Una realidad inaugura su presencia en coordenadas que hasta ahora la ignoraban. La fragmentación del mercado del libro en español da pie a estos cruces. Avalada por un catálogo magnífico, la editorial argentina Mardulce continúa abriéndose paso en España, donde pese a todo Sabbatella sigue siendo un desconocido. Cuando Tipos móviles llegó en un sobre desde Buenos Aires hasta mi buzón en Barcelona, sentí que acogía a una especie no endémica. No sé si Sabbatella conseguirá en España el reconocimiento que a mi juicio merece (ni la futurología forma parte de las competencias del crítico ni soy demasiado optimista sobre los hábitos de lectura en la península). Lo que sí puedo afirmar es que Sabbatella, que busca con inteligencia otras formas de narrar y que poco a poco las encuentra, es uno de los jóvenes autores argentinos que más me interesan.

Gaizka Ramón Melendo

Máster en Estudios Comparados de Literatura, Arte y Pensamiento por la Universitat Pompeu Fabra y graduado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca. Ha estudiado además en Berlín, Buenos Aires y Estados Unidos. Trabaja como traductor y escribe sobre literatura para diversos medios. Espera que una epifanía le revele su proyecto de doctorado. Mientras tanto, busca la mística en el ping-pong, la comida vegetariana y los manuales de ajedrez.

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