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20 Feb

Trabajo sucio, de Eva Vaz

Eva Vaz

Cubierta TRABAJO SUCIOLas clasificaciones en diferentes corrientes de la poesía a veces nos son ciertamente injustas y cuestionables, pero nadie les puede negar el indudable valor que tienen para acotar el terreno cuando hablamos de poesía y poetas. No soy dado a declaraciones grandilocuentes ni a adjetivaciones rimbombantes ni excesivas; la poesía es la gran pasión de mi vida, lo que ha determinado mis días en los últimos treinta años y cuando afirmo algo en este género de la literatura es porque lo pienso y lo siento muy profundamente y estoy absolutamente convencido de ello.

Por eso no me tiembla el pulso al afirmar que la poeta Eva Vaz es en la actualidad la mayor y mejor representante en nuestro panorama poético nacional, de eso que se ha venido en llamar poesía confesional. Pero utilizar este adjetivo nos hace remitirnos a los grandes poetas confesionales norteamericanos, Anne Sexton, Sylvia Plath, Robert Lowell o John Berryman. Sin embargo, aunque influenciada por la lírica de todos estos poetas, la vida de Eva Vaz, y como consecuencia, la poesía que practica es muy diferente. Vaz compagina la escritura de un excelso poema con la cotidiana preparación de la cena, no toma exquisitos martinis con vodka enfundada en abrigos de pieles como Anne Sexton, sino que su dolor nos es más familiar, más cotidiano, y por todo eso más cercano. No vayan a pensar ni por un instante siquiera que nos encontramos ante una poeta maldita; nada más lejos de la realidad. Eva Vaz es una mujer común más que sufre, ama y escribe, pero todo lo hace con la exquisita sensibilidad de un frágil pájaro herido. Por esa razón es capaz de arrojar su particular visión de la belleza al mundo.

Y no, no hay ningún tipo de mitificación del fracaso; este no es hermoso ni bello, «porque el fracaso no es bonito ni joven», afirma en Leyendo a Mar 20 años después, no hay nada heroico en la derrota, nada que podamos ensalzar ni admirar, como hacen los burgueses biempensantes sobre los outsiders. En la derrota no hay belleza, sino dolor, nada que ensalzar, pero es esa intensísima y humana empatía hacia el derrotado, ese querer arroparlo entre los brazos y dejar sentir el calor de un cuerpo que acompaña a otro cuerpo lo que hace la poesía de Eva Vaz tan profundamente humana.

Y Eva Vaz es una mujer que sufre, tal vez porque es demasiado lúcida, y la lucidez nos conduce a contemplar lo enormemente sórdido, feo y vulgar que es este mundo. Y necesita de la amitriptilina para sobrevivir, para adaptarse a una realidad que es hosca y brutal, porque el hombre, en demasiadas ocasiones, es despiadadamente brutal.

Y una vez más encontramos esa referencia a la amitriptilina, a la muleta química, no como un signo de malditismo, ni de marginalidad, sino de absoluta cotidianeidad. Es el recurso que un ser en exceso sensible tiene para enfrentarse a un mundo que es cada día más gris. Y el sueño autoinducido; «Y que se haga de noche / Que por fin llegue el sueño./Por fin. / Soñar./ Hoy.», se puede leer en Amitriptilina; porque Eva Vaz necesita de esa desconexión de toda la brutalidad que el mundo impone, de toda la vulgaridad que el mundo en sus transacciones diarias arroja, porque la necesita para ser feliz, porque a pesar del dolor, la poeta es un ser que conoce la felicidad, un gozo modesto del vivir rodeada de sus amigos, de la casa que les presta y del pequeño coche de segunda mano que posee, porque nos encontramos ante un extraño ángel que entre tanto dolor ha sabido encontrar el verdadero sentido de la felicidad, la alegría en el despojamiento.

En la poesía contemporánea nos encontramos con el fenómeno de la autoficción; no en vano Robert Langbaum afirmaba que en un poema, no era importante que los hechos que se citaran en ese pequeño juego de representaciones que es todo poema fuesen ciertos, sino que existiese la ilusión de la autobiografía, que pudiese hacer creer al lector que lo que sucedía en el poema no era verdad, sino verosímil. Pero mucho me temo que en el espléndido Trabajo sucio, hay muy poco de autoficción. Desborda el libro por su enorme honestidad, con un logrado tono de confesión de quien se sienta a tu lado y te dice con toda franqueza qué es lo que verdaderamente siente y como lo vivencia. Ese es el tono de este libro, el de una amiga que te abre sin temor su corazón para hablarte de sus más íntimos temores, sus miedos y también de sus flaquezas.

Uno de los poemas más logrados de este Trabajo sucio es la enorme elegía al poeta Rafael Suárez Plácido, donde nos encontramos con versos tan devastadores en los que Vaz nos abre a tumba abierta su corazón: «Entonces yo era la única de nosotros / que quería haberse muerto o cuando nos habla del peor de los miedos posibles que puede atenazar a un ser humano, el miedo a vivir, que hace que desperdiciemos nuestras vidas: Y ya lo sabemos: lo peor no es / tener miedo a la muerte, / lo verdaderamente horrible / es tener miedo a la vida».

Y todos aquellos que mueren, especialmente los que lo hacen a una edad que no les correspondía, se quedan para siempre en nuestros corazones, en nuestra memoria, incólumes, completamente apartados de la derrota que el tiempo inflige a todos los que seguimos viviendo, luchando con nuestras torpes armas, con las que cada cual ha podido construir en el torpe aprendizaje que es a veces el vivir en este extraño caos que hemos venido en llamar vida, por eso los amigos muertos están a salvo de la mediocridad y Eva Vaz afirma: «Los amigos no mueren, /fallecen,/ y sois más fieles que los amigos vivos / porque estáis intocados / por la mediocridad de la vida común».

Pocas veces tiene la suerte el lector de encontrarse con un libro tan profundamente honesto como este Trabajo sucio de Eva Vaz, donde no hay pose ni fingimiento, donde el dolor es real, pero a pesar de éste, eso no nos impide gozar de la belleza del vivir, porque Eva Vaz, a pesar del sufrimiento y de ser ese extraño ángel tan frágil, es un ser humano profundamente vitalista con el que deberían de encontrarse en su último libro si es que les interesa la gran poesía, la que nos acompañará a lo largo del devenir de nuestras vidas.

Ismael Cabezas

Graduado Social por la Universidad de Granada. Entre sus poemarios más destacados figuran: La herencia bastarda de los días (1999), Breve tratado de melancolía (Premio Arte Joven de Poesía 2001 Ayuntamiento de Madrid), En mitad de ninguna parte (accésit al Premio Arte Joven Creación literaria 2002 Ayuntamiento de Madrid), Paisaje para un ciego (2008, seleccionado para el Premio Andalucía de la Crítica de 2009) y Sutura (2015). Ha publicado poemas en revistas como Karavanazine y El coloquio de los perros. Aparece en diversas antologías como Conclave de náufragos (2000). Es miembro del Instituto de Estudios Campogibraltareños en su sección de literatura.

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