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3 Jul

Tras las huellas de mi olvido, de Bibiana Camacho

bibiana camacho marco lara

Fotografía de portada: Marco Lara.

bibiana camachoEtél se descubre perdida en alguna calle del Centro Histórico de la Ciudad de México. Las frases se corretean unas a otras, sofocando al lector. Es la misma agitación que ella padece, la asfixia que el calor y la confusión siembran en su garganta. «Quiero volver a casa», piensa, pero no encuentra la ruta. De su cuerpo han desaparecido los zapatos y de la acera los transeúntes. El sueño llega a su punto más escalofriante cuando se mira al espejo y empieza a confundirse con su madre. Cuando Etél despierta, hay un nuevo parásito insertado en su cerebro: es la sensación angustiante de haber olvidado algo y no saber qué es. El viaje onírico no será sino el presagio de la peregrinación que la joven mujer está a punto de efectuar para descubrir qué es lo que ha dejado un hueco tan profundo en su memoria.

Tras las huellas de mi olvido es la primera novela de la narradora Bibiana Camacho. Condecorada en el 2007 con una mención honorífica en el Premio Juan Rulfo de Primera Novela y editada en 2010 por Almadía, esta obra ofrece un viaje a través del mundo interno de una mujer que se ha descubierto inmersa en la peor de las soledades, que es aquella que se vive en compañía. La autora, originaria de la ciudad que es escenario de la obra, se ha dedicado también a la danza y a la encuadernación.

Bibiana Camacho inicia su novela con un epígrafe de Antonio Lobo Antunes: «…Y yo también soy quien huye de mí. Y no tengo ni siquiera el valor necesario para volver atrás y ayudarme». Camacho anuncia así la esencia del conflicto de su personaje: la ansiedad de haber olvidado algo, o de no querer notarlo, o de saberlo, estar consciente, tenerlo en las narices y querer huir de ello a toda costa. La autora podría también iniciar recordándonos a Tolstoi, con aquello que reza que «todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera».

Perder el password que abre la cabeza

El recorrido que Etél sigue en busca de la clave de acceso a su memoria irá develando lentamente el espacio sórdido en que se encuentra inmersa. Un novio al que no ama, pero al que necesita; un padrastro que se antoja maldito, pero que representa su única esperanza; un abuelo que aparenta estar enfermo, pero que a solas le sigue dando vuelo a la hilacha; una madre embelesada por el orden que ella impone, esclava de sus carencias y de sus neurosis. Etél descubre lo que a todos nos toca enfrentar alguna vez en la vida: no es que te sientas sola, es que estás sola.

«La congoja de no conocer a los seres que quería hizo que la sensación de olvido regresara con más fuerza», dice la narradora, mientras vive una ruptura que no tendrá marcha atrás. De ésas que te confrontan con tu ser más desnudo y que revelan el verdadero interior de quienes te rodean. Al inicio, el olvido no parece ser más que una sensación que Etél se ha fabricado, pero, conforme avanzan los hechos, ésta va tomando consistencia, dando la certeza de que algo macabro ha ocurrido atrás.

«Mi reto consistía en acostumbrarme a la sensación de olvido», dice Etél, «como los dolores que no varían de intensidad y que terminan siendo parte de nosotros mismos». La cuestión es que la joven no podrá acostumbrarse a un hueco tan apabullante. Deambulará por la ciudad para intentar apagar esa carencia, pero no conseguirá más que avivarla. Se irá confrontando así a distintas aristas de la condición humana, a lo increíble que resulta la bondad en un mundo de bestias rapaces, a la visión utilitaria que todos ocultamos en el pecho, a los deseos que escondemos detrás de la ropa interior ñoña, al miedo inevitable que nos producen quienes amamos. La búsqueda de Etél acelerará su ritmo e incrementará la paranoia del lector hasta que la joven se descubra inmersa en un cuadro que remembre el sueño primigenio y que confirme lo que la propia narradora ha dicho antes, como anunciando un destino funesto: «Las cosas que se olvidan regresan solas en el momento menos esperado».

¿Cómo ocultar lo que se nota a simple vista?

¿Quién es la madre que Etél teme ser y de la que huye en el sueño que nos introduce a la novela? Ciertamente se trata del papel más enigmático de la obra, casi tanto como el propio misterio del olvido. La madre de Etél no es para nada un personaje redondo, pero no me atrevo a decir que aquello sea un error; es claro que se trata de una construcción premeditada por la autora. La madre de Etél es la encarnación de incontables neurosis. La joven le teme de tal modo que empapará al lector con estos miedos. Es imposible no espantarse al leer aquel reflejo. Cualquier persona acostumbrada a hacer un poco de introspección verá en la madre algún vicio de carácter que le recuerde a sí misma. Etél huye de ella porque no hacerlo implicaría rendirse.

La mujer ha bajado la guardia para siempre frente a dos de los fantasmas que han perseguido perpetuamente a la humanidad: la insatisfacción y el aislamiento. El primero le recuerda a cada instante que su vida siempre podría haber sido mejor, que su marido podría ser más atento y su hija menos desastrosa. Es tal vez por eso que el personaje nos parece tan desagradable, porque todos los días intentamos escapar de esa voz que nos recuerda que no somos tan felices como los comerciales de la tele nos piden que seamos.

La madre es también la materialización del aislamiento. Parece un recordatorio andante de lo lejos que nos encontramos los unos de los otros, de lo encerrados que estamos en estas torres que son también nuestros cuerpos, de lo ilusorios que a veces parecen los puentes de nuestras manos. Ella lo enfrenta intentando controlarlo todo, proyectando sus inseguridades en las caras de la gente. Pero ya lo ha dicho Zygmunt Bauman antes, que el amor no puede ser capturado y que capturarlo significa aniquilarlo. Será a la madre a quien le toque, o no, comprobar esta premisa.

Las huellas en el Centro

Bibiana Camacho hace un retrato sutil, casi involuntario, de la Ciudad de México. Aunque la historia transcurre en distintas zonas, las imágenes más nítidas provienen del Centro Histórico. Esto parece casi una consecuencia natural del conflicto de la novela. El Centro, en sí mismo, envuelve una sensación de olvido. Su familiaridad parece estar siempre escondiendo una ausencia o una intención no manifiesta, como lo hace también la familia de Etél. El sueño que introduce Tras las huellas de mi olvido nos traslada a las calles de este cuadrante en la tarde de cualquier domingo, envolviéndonos en la grandeza de sus edificios y a la vez en la soledad y en la melancolía de las banquetas vacías y del color gris que se niega a ocultarse en las paredes, a pesar de nuestros esfuerzos coloridos.

Autora, narradora, personaje

Aunque Tras las huellas de mi olvido no pretenda formular una denuncia social, es imposible evitar que la violencia de género sea parte de su ambiente. No necesitamos conocer entera la backstory de Etél para entender el sistema en el que fue criada. Un sistema que te hace desconfiar hasta de los hombres que duermen en tu propia casa, de los que has besado voluntariamente y de aquellos que han sido depositarios de tu amor. Y es por eso que, aunque no lo desee, siempre que vea el mal aproximarse, Etél pensará que proviene de una masculinidad que necesita ser reafirmada. Definitivamente es ésta una situación de estrés de las más crueles, porque no está del todo infundada, pero tampoco se enfoca de manera diferenciada sólo en los hombres que de verdad terminarán haciendo daño.

El miedo que alrededor de Etél se siembra durante toda la novela, esa bala que se sabe llegará sin poder adivinar ni por cuál flanco, nos revela quizás algo sobre las relaciones humanas. Algo que ni siquiera podemos llamar traición, por ser incluso más inherente a las personas. Es probablemente el Everybody Hurts que cantaba REM, pero llevado más allá de las heridas amorosas. Lo que Etél nos muestra, sin querer, mientras anda en ese bucle en el que el olvido la ha metido, es la presencia del elefante blanco junto al cual desayunamos desde que tenemos memoria: todas las personas que están a nuestro alrededor pueden herirnos, sin importar cuánto nos amen o cuánto las amemos.

Puede que la revelación sea en un inicio dolorosa o que cause inseguridad, pero como Etél misma lo descubre mediante la relación con su padrastro, esta verdad guarda en el fondo, como una ostra carga una perla, uno de los tesoros más valiosos de la vida en sociedad: la gente a nuestro alrededor podría matarnos, pero, en vez de hacerlo, se inclina por darnos su afecto o, cuando menos, por compartir amablemente el territorio.

David Ledesma Feregrino

David Ledesma es activista en favor de las personas de la disidencia sexual y de género. Formó parte de la XIV promoción de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores. Le dicen la Malquerida.

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