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17 Jun

Un hombre sentado en una piedra, de León Molina

león molina

Un hombre sentado en una piedraLas gotas de lluvia arañan el cristal, sus cuerpos diminutos golpean insistentes en la ventana. Dibujan un mapa mientras se deslizan, dejando tras de si, un rastro casi imperceptible. Recorro ahora ese camino breve y encuentro que, la misma lluvia que ahora se agazapa tras mi ventana, sacude los cristales de una casa en Cuba, una casa que ya no está, que ya no existe, pero que, de alguna manera, consigo vislumbrar. Yo lo observo todo: su esfuerzo, su fragilidad, su persistencia. Y veo algo más profundo que el agua. Me veo a mi mismo aprendiendo a mirar, a formar parte de lo mirado y al instante comprendo que Su desorden magnífico/ cabe entero dentro de mí.

León Molina (San José de las Lajas, Cuba, 1959) nos trae su sexto libro titulado Un hombre sentado en una piedra. Molina sirvió de punta de lanza en la poesía albaceteña, durante finales de la década de los noventa, junto con otros poetas como Javier Lorenzo Candel o Arturo Tendero. Su vida ha transcurrido entre diversos oficios en el ámbito de la comunicación, de la gestión de proyectos culturales y sociales. Consciente de que la poesía es precisión, ha cultivado el género del Haiku o el del aforismo con unos resultados notables, donde cabe destacar su anterior libro Mapa de ningún sitio.

Un hombre sentado en una piedra, editado por La Isla de Siltolá, se compone de sesenta y ocho poemas que se estructuran en cinco partes (“Un hombre sentado en una piedra”, “Lo que recuerdo de ti”, “La flauta del sapo”, “Homenajes”, “Un final insuficiente”). Planea la presencia de José Corredor-Matheos durante todo el libro, ya que encontramos hasta tres citas del poeta manchego: en la apertura, en el cierre y otra cita más que actúa como bisagra entre ambos puntos. Todo ello sirve para conocer qué nos vamos a encontrar en el poemario.

La poesía de Molina se explica en torno a dos temas que se entrelazan de forma constante: la naturaleza y el tiempo. Son estos dos temas vasos comunicantes, espejos que reflejan tiempos distintos pero que comparten un mismo mensaje, la belleza de lo efímero, el instante detenido que se alza y desaparece, antes incluso de que podamos entenderlo Todo lo que se eleva arde/ bajo el blando sol del invierno. La naturaleza surge como un tótem sobre el que mirarnos y tratar de vislumbrar algunas verdades. Del mismo modo el tiempo se inserta en el tono maduro de la mayoría de poemas, un tiempo sostenido y vigoroso que hace que la voz de León Molina resuene incluso cuando las palabras ya han cesado. Solo puede existir lo amenazado/ por la eternidad, solo puede decirse/ lo que es cierto. También el amor tiene un peso significativo en el libro, los poemas que contiene decantan de manera sublime el conocimiento último del amor, aprender a separar la sed insistente del cuerpo, a beber del amor que no enflaquece con los años, que no extenúa sino que fortalece y del que entonces Somos lluvia con la lluvia/ rodando por el íntimo cristal/ y vuelven nuestros nombres/ de nuevo a nuestra boca.

Para ello el poeta albaceteño utiliza un lenguaje de distancias cortas, un lenguaje íntimo y confesional, donde el verso corto ocupa la mayor parte del libro, con algunos poemas muy cercanos incluso al aforismo o al haiku. Esto además le otorga a sus composiciones una plasticidad envidiable y facilita un coloquialismo muy cercano al lector. Resalta también en muchos de sus versos la capacidad para reír como podemos ver en “No me vendría mal”. El sarcasmo o la ironía laten escondidos en múltiples estrofas, lo que aporta un respiro necesario a la hondura de muchos poemas y equilibra el poemario en conjunto. Cabe resaltar la circularidad recurrente que hilvana muchas de las composiciones, una idea que inicia y que tiene la capacidad para envolver al resto de versos. No menos importante es la noción de resistencia, donde vemos en el propio poeta un baluarte contra el paso del tiempo, una afirmación de la celebración de la vida.

Sin duda el libro de Molina supone un gran acierto de la editorial La Isla de Siltolá que con Un hombre sentado en una piedra nos demuestra que la poesía es una construcción vital con la que vamos ampliando el paisaje, una escalada que nos agota pero que nos enseña un horizonte cada vez más extenso. León Molina completa así un libro sólido, agudo e intemporal, un golpe de efecto basado en el trabajo y el talento, seguramente su mejor obra hasta la fecha. Termino estas palabras pero sé que el poeta sigue ahí fuera, acechando al paisaje mientras las luces cambian de color, solo queda en el cielo/ una nube sombría.Y en mí solo quedo yo. Ahora abro las ventanas, dejo que la lluvia cale dentro de mi.

Javier Temprado

Graduado en Historia por la Universidad de Alicante y máster de Gestión Cultural por la Universidad Carlos III de Madrid. Sus textos han sido recogidos en las antologías Re-Generación (Valparaíso, 2016), Desde el mar a la estepa (Chamán, 2016) y Una generación de fuego (Ed. Fractal, 2012). Ha colaborado en las revistas Barcarola y Piedra de Molino así como en diversas publicaciones y antologías digitales. Es ganador del "Premio Nacional de Poesía Joven Ciudad de Albacete 2014" y disfrutó de una beca en la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores en el curso 2014-2015. Ha publicado el poemario Los vértices del tiempo (La Isla de Siltolá, 2015). Es además coordinador del Festival Poético Fractal.

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