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9 Nov

Zona de obras, de Leila Guerriero

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Fotografía de portada: Carina Pérez García.

15045730_10210615277680009_29101639_nLeila Guerriero es una periodista -de profesión, que no de formación- y escritora argentina; comenzó su carrera alrededor del año 1992 cuando trabajaba como redactora para la revista Página/30. Desde entonces su vida ha girado entorno a la crónica, el reportaje y los perfiles, de manera que ha colaborado (y colabora) con El País, La Nación, El Mercurio y El Malpensante. Es también autora de algunos libros como Los suicidas del fin del mundo. Crónica de un pueblo patagónico, Frutos extraños, Una historia sencilla, y éste del que os hablo: Zona de obras, una recopilación de artículos y crónicas publicado por la editorial Círculo de Tiza.

Nos encontramos, pues, ante algunos de los trabajos de la periodista argentina con temas dispares pero con un hilo en común: la buena escritura y las razones que nos llevan a escribir.  ¿Por qué escribimos, para qué escribimos, cómo escribimos? Me parece que si algo queda claro en este libro es que para escribir es imprescindible mirar, saber mirar o tener una mirada especial; como en fotografía, en la escritura transmitimos lo que vemos y por eso sólo hay que saber mirar.

El libro es un ensayo compuesto por una selección de sus artículos y alguna conferencia. Los temas que aborda esta recopilación se parecen y tienen intereses comunes: el periodismo, su futuro como profesión, la escritura, la inspiración… A lo largo de treinta artículos apreciamos cómo la autora sabe escuchar, se pone en la piel de los demás y respeta enormemente lo que le cuentan. Zona de obras es irregular, al menos en el sentido de que no todos los artículos nos seducen de la misma manera. Por otro  lado, deja patente la manera de escribir de la autora, pues la selección no oculta el estilo de escritura, sino que lo deja patente (incluso sus tics). Lógicamente, la obra tiene la misma limitación que su género, pues con frecuencia no es posible abordar con la profundidad necesaria en un pequeño espacio asuntos que tienen una enorme cantidad de matices. Me parece que Leila Guerriero no es sólo consciente de este problema, sino que además le hace frente planteándonos siempre una interrogación que no encuentra respuesta en el texto y nos lleva, en el mismo texto, más allá de él.

La capacidad para adoptar el punto de vista del otro se había manifestado con claridad en algunos de sus libros, pues incluso cuando no comparte la visión de las personas sobre las que escribe, habla sobre ellas con un profundo respeto poniendo de relieve aquello que no somos capaces de captar cuando vemos la realidad sólo como jueces. Esto me quedó claro en Los suicidas del fin del mundo, pero sobre todo en ese maravilloso ejercicio literario que es Una historia sencilla (véase “Tenemos que hablar de Petty” en las páginas 171 ss: no sólo nos trasmite la emoción con un apunte muy breve, sino que logra emocionarnos como lectores). Esta manera, que en apariencia puede parecernos no sólo necesaria, sino común a cierta forma de escribir, no me parece, sin embargo, ni tan sencilla ni, desde luego, común, pues en la mayoría de los casos hay en la manera de escribir un juicio que se expresa, si se me permite hablar así, no en los significados, sino en el estilo: es el tacto de la escritora capaz de tocar la realidad, incluso de hundir sus manos en ellas, sin cambiarla, y esto es realmente prodigioso. En el libro del que hoy hablo, notamos también su gusto por la lectura, como en el capítulo  “El bovarismo, dos mujeres y  un pueblo en La Pampa”; por el cine, la fotografía, los viajes… todo aquello que le “inspire” para hablar de historias reales. Por eso el periodismo, el gran tema presente,  es algo «que, hablándonos de otros, nos habla, todo el tiempo, de nosotros mismos».

El estilo es claro y sencillo, algo que precisamente no es fácil; con tendencia a interpelar al lector, un recurso que usa habitualmente (ya me he referido a él) y que nos obliga a tomar posición recordándonos que objetividad no significa necesariamente neutralidad: tomar partido es con frecuencia la única manera de ser objetivos. Esto implica, además, confrontarse consigo mismo, y en Zona en obras encontramos en muchos casos a Leila Guerriero haciendo un análisis de ella misma: «No  necesito leer un sólo artículo más sobre las fotos de Richard Avedon, pero siempre necesitaré que Juan Forn o Rodrigo Fresán me recuerden cuál es el idioma en llamas que braman los demonios».

«Yo siempre estaré buscando, como un tigre cebado, como un lobo en la noche, los rastros de esa fe, las huellas de ese estremecimiento».

Ernestina González Causse

Licenciada en Historia del Arte y profesora de esta disciplina. Se ha dedicado con preferencia a aquellas realidades cuyo contenido es fundamentalmente estético: arte, literatura, fotografía, música y cine. Ejemplo de esta dedicación son tanto su blog, La letra con salsa entra, en el que se aúna la reflexión sobre la belleza con la alimentación, cuanto su colaboración en Comida’s Magazine, revista en la que escribe y para la que hace fotografías. Actualmente, esta inmersa en un proyecto fotográfico y realiza colaboraciones literarias.

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