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11 Dic

El universo de las imágenes técnicas, de Vilém Flusser

Vilém Flusser

02_PRINT_Flusser¿Qué lugar ocupan las imágenes sintéticas, en tanto que proyectores y ya no espejos de realidades, en el seno de una sociedad informatizada y telematizada en un contexto posthistórico y cerodimensional en el que se alcanza un nuevo nivel de conciencia y en el que debe prevalecer la tecnoimaginación? Con esta pregunta interminable -y de casi imposible análisis sintáctico- intentamos sintetizar una de las principales preocupaciones que Vilém Flusser recoge en este libro, publicado por vez primera en alemán en 1985 y que deberíamos considerar casi una continuación de otra obra suya, publicada un par de años antes, titulada Hacia una filosofía de la fotografía. Advirtamos que, a pesar de que el título de este libro anterior al que ahora nos ocupa pueda inducir a confusión, esta obra de 1983 no pretende formular una filosofía sobre la práctica fotográfica sino plantear una serie de reflexiones en torno a lo que significó esta nueva forma de producción de imágenes: desde la invención de esta técnica la sociedad se encontró ante una nueva manera de producir imágenes, ahora técnicas, cuya diferencia fundamental respecto a las tradicionales no reside básicamente en su reproductibilidad -como señalaría Walter Benjamin- sino en quién es el encargado de codificarlas: ya no será el productor un humano sino un aparato que habrá sido programado para acometer tal función.

La fotografía, pues, como proceso capital -casi metafísico o trascendental- y como generador de imágenes informativas, unas imágenes técnicas que se encargarán de explicar el mundo tomando el relevo a las palabras de su función secular. Pero no sólo es relevante qué dice el autor y cuándo lo dice, sino también su valoración del momento presente como un punto y aparte en el devenir histórico: “Desde los comienzos de la cultura humana se han producido dos acontecimientos fundamentales. El primero ocurrido alrededor de la mitad del segundo milenio antes de Cristo, está asociado a la ‘invención de la escritura lineal’, y el segundo, que presenciamos, puede denominarse ‘invención de las imágenes técnicas’” (Flusser, V.: Una filosofía de la fotografía. Barcelona: Editorial Síntesis, p. 9). Flusser no sólo miraba el presente sino que incluso profetizaba el futuro o, dicho de otro modo, incluía su propio presente como un jalón más en la consecución de un devenir inminente que supondría una interconexión de los seres humanos y una vivencialidad de los mismos a través de las pantallas.

Tal será el cometido que estructurará y dará forma a El universo de las imágenes técnicas. Elogio de la superficialidad, una obra que además de pronosticar el porvenir de la sociedad a través de sus páginas refleja, incluso en su propia ordenación, su intención anunciadora e intuitiva: cada uno de sus capítulos lleva por título un infinitivo -abstraer, concretizar, tocar, imaginar, señalar, circular, dispersar, programar, dialogar, jugar, crear, preparar, decidir, dominar, encoger-, salvo el último, denominado “Música de cámara”. Y será justamente en este último capítulo en el que nos sacará de la duda que tiene el potencial lector a lo largo de toda la obra: ¿ese futuro que anticipa, es positivo o negativo? El final del libro será el de un clásico happy end, pues dentro de esa sociedad telematizada cada persona deberá, cual músico de cámara -liberado de la figura de un director- componer de improviso un diálogo creativo y enriquecedor.

Además, irónicamente y no sin humor, el autor se atreverá a afirmar que este capítulo pudiera haber sido el primero del libro, y es justamente ahí donde reside una de las principales virtudes de la obra: convertir en sencillo y asequible aquello que de entrada podría ser complejo e intrincado. De bien seguro que el lector que desconozca a este escritor se sorprenderá de no encontrar en sus páginas referencias a artistas, a obras o a periodos concretos, pues esta opción será reemplazada por el uso de ejemplos sencillos, casi triviales o banales, casi como si al autor le surgiesen a bote pronto (y casi esbozando una sonrisa).  ¿Cómo es posible explicar con tanta sencillez, y casi mediante un proceso deductivo, capítulo a capítulo, un giro ontológico de las imágenes y una futura sociedad interconectada fruto de un nuevo nivel de conciencia? Flusser lo logra, y es capaz de sintetizar -y de advertir de una manera preclara- el advenimiento de la sociedad digital, aventurándose hacia un futuro que a veces parece que le de miedo -el ser humano como funcionario y el temor a un totalitarismo de orden tecnológico- pero también esperanza -una superación de las funciones preprogramadas en pos de la creación-.

Lo más importante es comprender en qué punto, a partir de qué momento, nos adentramos hacia esa nueva sociedad, y a su entender sucede con el nacimiento de la fotografía, una invención que supuso la separación entre productor y codificación, originándose un cambio fundamental que implicó la transición de una sociedad alfanumérica a una digital o, mejor dicho, cerodimensional. Ahora las imágenes ya serán sintéticas, es decir, un cúmulo de puntitos cerodimensionales cuya significación o forma no podemos advertir si no es por medio de unos aparatos que, previamente programados a tal efecto, nos las concreticen y nos permitan aprehenderlas de una manera sensible. El conocimiento del mundo ya no es fruto de una experimentación a partir de líneas escritas o de texto, sino de meras superficies imaginadas. Si en un primer momento la sociedad se esforzó en configurar y mejorar máquinas, siempre obedeciendo a la racionalidad, ahora se ha producido un giro que nos devuelve, poco más o menos, a un contexto de primacía de la magia, pues las imágenes sintéticas casi existen al margen nuestro o, por lo menos, gracias a unos complejos procesos técnicos desconocidos por la mayor parte de la población. Las imágenes no representan el mundo, lo proyectan sobre superficies, lo programan, partiendo sí de la imaginación pero cuya producción obedece a aparatos que las generan de manera automática y en terreno de la pérdida de una fisicidad, materialidad o dimensionalidad: la técnica como elogio a la superficialidad, la imagen digital sin reverso, sólo superficie. Hemos traspasado la cultura del texto o de la escritura lineal, lo cual supone no menos que haber terminado con la historia: vivimos -o viviremos- en la posthistoria, en la era de la postmateria, donde ya son caducas las concepciones sobre lo público y lo privado, donde ya no existe una posible frontera entre sueño y vigilia y donde convergen sin distinción la memoria humana y la artificial.

Pero aquello que podría ser una teoría áspera y conceptualmente recargada se convierte en manos de Flusser en descripciones propias de un universo futurista cercano a la literatura o al cine de ciencia ficción -casi próximo al subgénero del ciberpunk-, al afirmar que sus nietos serán “apenas entes fabulosos sentados cada cual en su celda moviendo teclados y mirando terminales. A sus espaldas, en los corredores del hormiguero, los robots transportarán objetos fabricados automáticamente para mantener vivos los cuerpos atrofiados de nuestros nietos y sacarles esperma y óvulos para que puedan propagarse. Las teclas manipuladas por nuestros nietos estarán religadas con todas las teclas del hormiguero, de manera que nuestros nietos se encontrarán conectados entre sí por medio de las puntas de sus dedos, y formarán de esta manera un sistema cerebral ordenado cibernéticamente. La función de semejante supercerebro será la de computar imágenes con los bits apuntados por las teclas en movimiento. Los cables (las fibras nerviosas del supercerebro) que conectarán a nuestros nietos entre sí lo harán también a pequeños cerebros artificiales (“nuestros nietos artificiales”). […] La sociedad informática telematizada formará un todo funcional indivisible: una caja negra“.

Clima de éxtasis creativo en un universo emergente miniaturizado e interconectado, donde deberá reivindicarse el valor de la creación a partir de aquello inconcebible e inimaginable, tomando conciencia de la superficialidad -valga la redundancia- de la superficie de las pantallas y jugando con el universo en la creación de nuevas posibilidades todavía no programadas y que nos lleven al terreno de la tecnoimaginación. Ante un nuevo mundo, no necesitamos nuevos mapas, necesitamos nuevos atrevimientos, experimentación y estrategia lúdica.

Celebramos la edición de esta obra en castellano de un autor que todavía tenemos que reivindicar en los países de habla hispana y cuyos escritos, como fácilmente puede advertirse, son de plena actualidad en 2015, lo cual no tiene poco mérito teniendo en cuenta que este libro en concreto fue escrito hace no menos que treinta años. Una obra que, además, atestigua que no está reñida la complejidad conceptual con la sencillez en la escritura; sin embargo no se trata de un texto para un público genérico, sino más bien especializado aunque sea en disciplinas tan diversas que vayan desde la filosofía, la historia del arte, la comunicación o la informática.

Contiene, además, una de las más bellas e “impredecibles” -quizá el mejor cumplido que puede hacerse a Flusser- definiciones sobre qué es el arte: “un hacer limitado por reglas que son modificadas por el hacer mismo“, y cuya función no es otra que la de “producir imágenes sintéticas poco probables, más difíciles de ser capturadas por los aparatos probables“.

VILÉM FLUSSER: El universo de las imágenes técnicas. Elogio de la superficialidad. Buenos Aires: Caja Negra, 2015.

Marta Piñol

Licenciada en Historia del Arte por la Universidad de Barcelona, realizó el Máster de Estudios Avanzados en Historia del Arte en el mismo centro, obteniendo en ambos casos premio extraordinario. Actualmente realiza una tesis doctoral en la misma universidad, centrada en la representación de la emigración española en el cine y goza de una beca FPU2012 concedida por el Ministerio de Educación. Ha participado en numerosos congresos nacionales e internacionales y ha publicado diversos artículos, cuestiones que combina con la docencia en el Departamento de Historia del Arte de la UB y con labores en el ámbito editorial.

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